No es ni el mejor restaurante, ni el más elegante. Tampoco el local de moda de la ciudad. Ni un acogedor pub irlandés con una amplia carta de cervezas. Es un bar de mala muerte donde me sirven un frankfurt con un trozo de pan medio pasado. El sol aprieta en la terraza y, risas y miradas atraviesan el ambiente a la vez. Y ahí estoy, con un frankfurt mirándome fijamente y murmurando: “¿Qué coño haces en pelotas, rodeada de gente en pelotas, y con la intención de comerme de la forma más elegante posible?”.

Entiendo la preocupación del frankfurt. En Cap d’Agde todo, en cierto modo, es preocupante. Hombres yendo en bicicleta con la preocupación de no aplastarse demasiado su talento. Mujeres que recogen las llaves del suelo evitando al máximo que se les vea demasiado su asunto (caso aplicable a todos los géneros). Preocupa torrarse los pezones o los labios vaginales porque no sabes cómo echarte la crema solar en esas zonas. ¿Acaso la crema solar se puede utilizar para la vagina? Bueno, mejor, ¿acaso una vagina puede achicharrarse? Rebozarte en la arena o enterrarte ya no tiene tanta gracia. Y tu postura para tomar el sol tampoco. Ves penes grandes, penes pequeños, hinchados, de lado, tiesos, muertos y de repente, ves ese pene que no paras de mirar por su extraña forma y su enorme e inimaginable tamaño, mientras te preguntas: “¿Dónde llevará ese pedazo de “…” metida en el pantalón?”. Obviamente en su vida diaria, cuando llevase pantalón. Porque en Cap d’Agde está todo el mundo desnudo haciendo su vida normal. En esta pequeña comunidad nudista al sur de Francia se pasean todo tipo de personas sin nada que esconder y con todo que mostrar. ¡Puedes ir al supermercado con tu maravilloso carro y hacer la compra de la semana! O puedes comerte un frankfurt con cara de asustada en mitad de un bar de mala muerte mientras tus pezones tostados color galleta escuchan atentamente tu conversación con ese frankfurt. Comestible. De carne. O sea, de carne de cerdo. De cerdo, el animal. Bueno, ya me entendéis.

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Alberto, con camiseta y sin calzoncillos. Yo, con botas de montaña y calcetines.

Me moría de ganas por visitar Cap d’Agde después de leer tantas burradas por internet. Soy nudista y me encanta ir en pelotas por la vida con todo en plena libertad mientras grito “Wiii”. Pero en este rincón francés el nudismo no importa. Lo que importa son las guarradas que se hacen en ese espacio residencial construido en los años 60. Pagas 20€ por persona para entrar en el recinto y debes salir antes de las 20hs, la hora cuando empieza lo bueno. Sino, pagas más. Con ese precio tan desorbitado, ¿qué esperas encontrar? La discoteca de tu pueblo no tiene nada que ver con Le Glamour, uno de los clubs liberales más grandes de Europa. Pero lo mejor es que dentro puedes encontrar guiris rosados bailando house con un minúsculo amigo saltarín entre las piernas, acompañado de su mujer vestida con una rejilla transparente enseñando unas enormes tetazas que, al fin, pueden respirar. Seguramente buscan una nueva presa, alguien con quien poder intercambiar sus sucias fantasías durante unas horas.

En Cap d’Agde notas eso: la caza. Y tú, pobre corderito cobarde con el rabito entre las piernas acojonado, buscas un rincón donde sentirte un poco menos lascivo con tu entorno. Pero no lo hay. Normalmente en las playas nudistas nadie te mira. O no con tanto ímpetu y descaro. En este paraíso liberal notas cómo te miran con esa inquietud erótica-festiva que tanto incomoda. Es toda una experiencia psicológica ir a comprar desnudo o comerte un frankfurt en pelotas mientras levantas el “ánimo” de muchos. Eres como la atracción de feria más increíble de la historia. Pero no sólo tú, o sea yo, sino la morenaza que hay en la esquina también. O la rubia. O la del pelo blanco. O la abuela alemana que se come otro bocadillo a mi lado mientras puedo ver todo su entrecot vaginal.

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No pude aguantar más y me fui. Después de comerme ese frankfurt me levanté y corriendo fui a la moto a ponerme la ropa junto con Alberto que también estaba cansado. No miramos más, ni nos entretuvimos en ver cómo se vivía la noche. De camino a la moto, pasó por nuestro lado un tío con collar de perro y con un CBT en el pene. La correa la llevaba una tía medio vestida de cuero con unas chanclas de playa. Rarito, ¿quién combina el cuero con chanclas?

Mientras me vestía se acercó un francés intentando hablar español. Chapurreaba el inglés. Me dijo como 15 veces que era muy guapa, “una pin up muy guapa“. Y yo poniéndome el tanga, apoyada en la moto y actuando de la manera más elegante que ese momento me pudiese brindar. Acabé de vestirme entera y el hombre seguía y seguía, hablando con Alberto y diciendo “very beautiful”. No sé a quién se lo decía teniendo en cuenta que Alberto también iba en pelotas. Cuando se fue nos quedamos mirando. Realmente lo pasamos mal en Cap d’Agde. Las playas son preciosas, muy limpias, de arena fina. Y para todos aquellos que les gusta el mundo swinger o liberal es el paraíso. Para los que no estamos acostumbrados, es más bien lo contrario.

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Cuenta la leyenda que cuando se forman corrillos en la playa significa que alguien está follando en medio. Todo su alrededor se pone a masturbarse mientras tapan la escena para que los helicópteros que pasan de vez en cuando no vean nada. Dicen también que en las esquinas de la playa es donde se forman las orgías más escandalosas de la historia. Personalmente no vi ninguna de las dos escenas. Lo más lascivo fue ver cómo una moza se liaba con otra moza brasileña en mitad del bar donde estaba comiendo. La brasileña llevaba únicamente la bandera atada a la cintura mientras que la morenaza no llevaba nada de ropa. Se parecía a Sasha Grey con unas curvas impresionantes. Me tenía enamorada hasta que se levantó y vi el felpudo de los años 70 que traía consigo, enganchado a su entrepierna. En ese momento entendí que con una vagina pelada no llegaría a ninguna parte. ¿Dónde coño guardo el dinero ahora?.

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