Soy una apasionada de la historia bélica mundial, en especial de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Civil Española. Visitar lugares que pasaron la desgracia, la penuria y el dolor que se vive en esos momentos es algo único. Personalmente, creo que tienen una memoria escondida, una energía que todavía sigue estando presente. En Rivesaltes, era totalmente palpable.

Fue la primera escapada que realizamos con nuestra moto y ahí, quedó confirmado que habíamos nacido para viajar. Nuestro fin de semana personal tuvo como destino Francia, en especial, el sur. Por el camino y sin tenerlo previsto, pasamos por Rivesaltes, un rincón que me dejó totalmente prendida. Fue difícil encontrar el Camp Joffre, ya que no está muy bien indicado. Tienes la sensación, literal, de que estás entrando en un área totalmente ilegal, especialmente cuando bordeas la valla que anuncia “No pasar. Área militar”. Un camino de tierra nos llevó a la maravilla del lugar: ladrillo medio derruido se posaba ante nuestros ojos, que estupefactos, no pudieron ni parpadear. Jamás imaginábamos un sitio tan inmenso, lleno de recovecos cargados de historia y casas, fábricas, zona de enfermería y un largo etcétera. Bajamos de la moto y empezamos a caminar. En mi interior, sentí un terremoto de energía. ¿Cuántas vidas se habrían ido en ese lugar?, ¿cuántas lágrimas y sonrisas habrían escuchado estas paredes? La conmoción se empezó a mezclar con las sensaciones un tanto paranormales y, callada, me adentré a la primera casa que encontré. Soy un tanto maniática y me encanta tocar los muros y las paredes de los lugares que visito. Supongo que es un modo de sentir el paisaje de otra forma, notando el calor o el frío que lo envuelve; esperanzada de poder ver, a modo de ciencia ficción, todas las vivencias más trascendentales de ese lugar. El Campo de Rivesaltes tenía un tacto áspero, seco y caliente. Desgastados, sus muros imploraban clemencia al paso del tiempo, piedad a la vida que tantas desgracias le habían mostrado. La imagen era un tanto bohemia, debo añadir. Una tonta en mitad de una casa semi-derruida, con el casco de la moto puesto, y una mano tocando la pared de algo que, poco a poco, iría desapareciendo. Exactamente como yo.

Es emocionante visitar un lugar así, sobre todo conociendo la historia. El Campo de Rivesaltes, conocido también como Camp Joffre, se creó en 1935 y empezó a gestionarse oficialmente en 1939, con el fin de instruir a las tropas de ultramar francesas. Pero, ¡oh sorpresa!, en el mismo contexto estalló la Guerra Civil Española (1936 – 1939) y tras la caída del frente del Ejército Popular Republicano en Cataluña, miles de personas huyeron a Francia para encontrar un lugar alejado de la dictadura que se apoderaba del país. De esos miles, 15.000 personas fueron confinadas en este campo.

Grupo de gitanos en Rivesaltes, 1939 - 1942. Fuente: Ajpn.org
Grupo de gitanos en Rivesaltes, 1939 – 1942. Fuente: Ajpn.org

Con el estallido al mismo tiempo de la Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945), se amplió el campo en 600 hectáreas para dar refugio a las familias francesas del norte y el este de Francia, que estaban siendo atacadas e invadidas por los nazis. En 1940, París, cae. Se instaura el conocido informalmente como Gobierno de Vichy, bajo el mandato de Philippe Pétain. Se firmó el armisticio con la Alemania nazi en el mismo año. El sur de Francia empezó la búsqueda de judíos no franceses y su detención y deportación. En los primeros días, 1176 personas detenidas son agrupadas en una parte del campo, conocida como Centro Nacional de Concentración de Israelitas de Rivesaltes. Con una capacidad de hasta 10.000 personas y separados por géneros. En 1942, en el lugar, fueron internadas más de 21.000 personas, de las cuales fallecieron 215 internos, de los cuales 51 eran menores de un año.

Campo especial en 1942. Fuente: Pasión por lo Abandonado.
Campo especial en 1942. Fuente: Pasión por lo Abandonado.

Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial y Francia queda liberada en 1944, se instaura un Centro de Estancia Vigilada. Para la misma época, muchísimos españoles que huían de la dictadura franquista, se refugiaron en dicho lugar junto a soviéticos que también huían del comunismo que azotaba a la URSS. En 1944 y 1948 se destinó, además, para prisioneros de la guerra. Contó con aproximadamente 10.000 prisioneros, de los cuales fallecieron 412 alemanes.

Franceses militares y los resistentes. Fuente: Wikipedia.
Franceses militares y los resistentes. Fuente: Wikipedia.

Más avanzada la historia, en 1962 y hasta 1977, se utilizó como Campo de Harkis, repatriando el primer regimiento de tiradores argelinos, trayendo consigo mujeres y niños. Los Harkis era el término con el que se hacía referencia a los argelinos que estaban a favor de la ocupación francesa en Argelia. Al mismo tiempo, llegaron cerca de 600 familias de antiguos militares franceses guineanos y un pequeño grupo de militares franceses de Vietnam del Norte, supervivientes de la Guerra de Vietnam (1955 – 1975).

Campo de Harkis (1962 - 1977). Fuente: Pasión por lo abandonado.
Campo de Harkis (1962 – 1977). Fuente: Pasión por lo abandonado.

A partir de 1986 se convirtió en un centro administrativo que reagrupaba a los españoles en situación irregular en Francia. En 2007 se abre el Museo Memorial.

Como podéis ver, aquella mano que acariciaba la pared de cemento caduco, sintió mil y una historias. Y, en solitario, pensaba en la cantidad de vidas que habrían pasado por allí. Vidas como la tuya y como la mía, personas que pensaban como tú y como yo. No pude evitar emocionarme y sentir, todo lo que ese lugar quería que sintiera. Le dejé fluir. 

Cuando me acerqué a Alberto me miró con una cara un tanto especial.

– ¿Tú también? – le dije.

– Sí. – contestó.

La sensación de ese lugar se mostró ante Alberto, algo que me sorprendió. Normalmente, suelo ser yo la esotérica y espiritual que cree en la energía y en la vida después de la muerte. Pero en ese momento, una parte del escéptico Alberto había notado ese toque de algo que desconocemos, de esa nada que cabalga entre el infinito y el mundo real.

Nos volvimos a montar en la moto y cuando fuimos a dar la vuelta, paramos en seco. Varias marcas de bala adornaban la pared de una de las casas que estaban justamente a nuestro lado. Ojalá tuviese la capacidad de conocer quién disparó y por qué. Pero eso, queridos, es la huella de la vida. O de la muerte. Lo que dejamos atrás, lo que nos conmueve, lo que nos hace temblar de terror y lo que nos hace reír hasta sentir dolor en las costillas; todo ello, se queda como una bala en la pared de un muro, que deberíamos tocar y escuchar más a menudo.

Niñas en el campo de concentración de Rivesaltes, aproximadamente en 1940. Fuente: Una temporada en el infierno.
Niñas en el campo de concentración de Rivesaltes, aproximadamente en 1940. Fuente: Una temporada en el infierno.

Si quieres visitar el Campo de Rivesaltes te dejamos la ubicación de Google Maps y las coordenadas (42º48’11,89″N – 2º52’47,17″E). Añadir que no llevábamos cámara de fotos (joder) y no pudimos hacer ninguna. Pero como tenemos previsto pasar nuevamente por allí, dejaremos una bonita sesión fotográfica. De momento, puedes ver estás fotografías en Flickr de varios fotógrafos.

Ojalá puedas sentir lo que sentimos nosotros allí. No me cabe duda.

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