Las historias, en especial aquellas que tratan sobre viajes, dicen los que entienden que deben ser contadas de principio a fin, capítulo a capítulo avanzar con la historia. Yo, tal vez por llevar la contraria, prefiero empezar a contar el final del viaje, el final de la aventura, tal vez de esa manera pueda transmitir las sensaciones que con el tiempo vaya a perder, y que ahora me resultan mas vívidas.

El último día de nuestro viaje por el sur de Europa podría definirse en dos palabras: Improvisación y tristeza.

“Sentía que poco a poco me alejaba de mi verdadero hogar, de la carretera, del mundo”

Ahora sí, intentaré seguir un orden cronológico. Empezamos como empiezan todos los días, por el despertar. Amanecimos en Cap d’Adge, en plena costa Azul francesa, un lugar considerado maravilloso, aunque tan solo lo habíamos conocido la noche anterior. Nuestra primera impresión: un lugar para ricos.

La primera sorpresa del día, que nos iba a obligar a cambiar todo nuestro planning, llegó al bajar a recepción. El caballero francés que nos atendió en un intento de español (el inglés era algo totalmente desconocido para él), nos informó de que a pesar de lo dicho por su colega la noche anterior, debíamos abandonar el hotel puesto que no quedaban habitaciones disponibles para esa noche. Nuestras opciones quedaban reducidas a dos: buscar a toda prisa un hotel, por el que seguro pagaríamos el doble debido a la premura; o volver a casa. Actuar bajo presión nunca es bueno, así que decidimos tirar hacia adelante con nuestro planning y decidir más tarde, sobre la marcha.

Efectivamente, tras pasar una horas visitando y grabando el lugar, llegamos a la misma conclusión que las habladurías, sus playas son impresionantes, un auténtico paraíso. Tras la comida, y sin apenas haber comentado nada al respecto, tanto Noemí como yo teníamos clara la decisión: volveríamos a casa, por autopista, por la vía rápida una vez acabado el trabajo. Nos esperaban más de 300km de una sentada, 3 horas por autopista, que sin duda se convertirían en 5. Después de recorrer 3 países y rodar 3.200km, no teníamos el cuerpo para otra jornada de 8 horas en moto y menos siendo las horas que eran.

Cap d'agde

Tras 20 minutos guiados por el GPS, en lo que parecía otro de sus laberínticos recorridos, llegamos a la autopista. Para todo motero, es ese lugar de emergencia, ese lugar por el que volver a casa cuando te duelen los huesos. Aunque para nosotros podría haberse convertido ese último día en una autentica desgracia, pero no adelantemos acontecimientos. Poco se puede contar o describir de una autopista. Por si nunca habéis estado en una, cuenta con dos pistas, una para cada sentido con varios carriles, entre 2 y 5 en función de la zona, aunque sin duda lo más característico es que por norma general, debes pagar por circular por ella… Tras un par de horas de viaje a una velocidad casi constante de 130km/h, empezamos a ver carteles que indicaban la proximidad de la frontera, a la vez que la moto empezaba a avisarnos que ya circulábamos con la reserva de gasolina.

Tal vez sea porque somos catalanes, decidimos aguantar a cruzar la frontera, ya que el diferencial de precio entre Francia y España es más que considerable, así que repostamos una vez cruzada la frontera. Tras más de 2 horas sin parada, aprovechamos para hidratarnos un poco y comer algo tras el repostaje.

No podía dejar de pensar durante todo el camino hasta la frontera, que tal vez la mayoría verían ese último tramo del viaje como la vuelta a casa, pero para mí, a pesar de estar regresando de una pieza, rico en experiencias; sentía que poco a poco me alejaba de mi verdadero hogar, de la carretera, del mundo, una extraña sensación difícil de explicar, pero que todavía no he conseguido olvidar.

A falta de menos de una hora para llegar a casa, la aventura nos encontró en forma de nubes, la tormenta perfecta parecía estarnos esperando en las cercanías de Girona. Nos apeamos de la moto en una parte del arcén reservada para emergencias, algo más ancha y nos metimos en nuestros trajes de lluvia. A pesar del leve goteo que habíamos experimentado hasta el momento, los oscuro nubarrones nos advertían de que la cosa no iba a quedar ahí.

No hay ningún consejo bueno que sea adaptable a “¿qué hacer cuando vas en moto por autopista en plena tormenta eléctrica?”, no había donde resguardarse, no había donde cobijarse, no había donde esconderse, tan solo podíamos apretar las nalgas y seguir adelante.

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Dicho y hecho, pocos minutos después de protegernos, la lluvia se convirtió en aguacero. Esto por norma no suele ser un problema excesivamente grande, el problema fue atravesar la tormenta eléctrica, más propia del ojo de un huracán que de una tormenta tonta de verano. No hay ningún consejo bueno que se adaptable a “¿qué hacer cuando vas en moto por autopista en plena tormenta eléctrica?”, no había donde resguardarse, no había donde cobijarse, no había donde esconderse, tan solo podíamos apretar las nalgas y seguir adelante. El pánico se apoderó de nosotros, o al menos de mí, veía los rayos cayendo en los lindes de la autopista a unos 10 metros de distancia. El ruido de los cascos al circular a 140km/h sin duda nos protegía de los estruendos, y es que, lo único que podíamos hacer, era correr para salir lo antes posible de ese lugar.

Como si de una novela de Agatha Christie se tratara, lo mejor estaba reservado para el final, cuando ya parecía que habíamos abandonado el peligro, una luz nos cegó. Mientras duró esa décima de segundo que pareció ser una eternidad, todo se tornó azul, intenso y eléctrico, una luz que ni tan solo cerrando los ojos habría escondido. Mi reacción instintiva fue soltar el puño del embrague y comprobar que Noemí seguía de una pieza. Mi primera idea reforzada por el intenso olor a quemado era que el rayo había caído de pleno sobre ella. Su respuesta fue inmediata y un auténtico alivio, me abrazó para hacerme saber que se encontraba bien. Ella tampoco habría sabido ubicar dónde había caído el rayo, tal vez en una de nuestras maletas de aluminio, tal vez en el coche que nos seguía de cerca… La cuestión es que ese rayo de despedida nos había hecho temer por nuestras vidas y había sido una digna culminación para tan impresionante espectáculo de la naturaleza.

Finalmente, y más pasados por agua de lo que habríamos deseado, llegábamos a casa. Por algún extraño capricho del destino, cruzar la frontera hispano-francesa nos trae siempre lluvias y es que ya van 4/4 las veces que hemos cruzado la frontera gala con lluvia sobre la moto.

Pronto, para que no se diga, podréis leer el comienzo de la aventura.

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