El segundo día de viaje, el primero que pasábamos en plena aventura y ya inmersos en plenas tierras Galas, amaneció mucho mejor de cómo dejamos el primero, con sol y sin lluvia. Debido al cambio de planes y que necesitábamos reestructurar ligeramente nuestra ruta, decidimos hacer parada técnica en el, llamémosle  restaurante-de-comida-rápida-de-la-M” con tal de aprovechar su Wifi, ya que el aparta-hotel de Beziers no disponía de conectividad Wifi. Hay que aclarar que a posteriori descubrimos que tenía wifi tan solo en el Hall, pero para descubrir cosas estábamos, cargados con las maletas hasta las cejas…

Salimos temprano y eso nos dio algo más de tiempo para desayunar en la gran M y acabar de planificar bien la ruta. En marcha pues, carretera secundaria, y destino a Marsella, nos esperaban por delante más de 200km. El camino, ya veréis en el video, temía poco que ver, pero por lo menos no eran todo guardarrailes. Habíamos quedado con una pareja para comer en el puerto, pero tuvimos algo de tiempo para pasar por el hotel, hacer el Check In y descargar un poco la moto antes de acercarnos al centro de Marsella. Este tiempo lo ganamos, para qué engañar a nadie, haciendo el último tramo del viaje por autopista, puesto que el tramo por la zona costera de las inmediaciones de Marsella se tornó en imposible, incluso para una moto, debido al trafico estival de domingueros galos.

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Primera advertencia del Post, no visitéis hoteles F1 en las proximidades de Marsella. Hemos visitado varios y en diversas ocasiones hoteles de esta cadena Low Cost, todos, hay que decirlo, con una grata satisfacción, hasta este. Sucio, maloliente y con una sensación de inseguridad en cada esquina. Ir al baño era poco aconsejable, a menos que desearas estar expuesto a cualquier tipo de infección.

Hecho este inciso, continúo con mi narración: Tardamos apenas 15 minutos en desplazarnos de las afueras de la ciudad, al mismo centro, con la sorpresa de que Marsella tiene en su interior peajes. Sí, sí, peajes de pago que debes atravesar para ahorrarte unos minutillos de tráfico. Obviamente el monto no era excesivo pero no quiero imaginarme lo que puede llegar a gastarse al año algún residente en la ciudad asiduo a quedarse pegado a las sábanas.

Marsella es una ciudad realmente bonita, tiene un cierto encanto, es una mezcla entre pueblo de pescadores y gran ciudad, un equilibrio extraño para el forastero pero que tiene auténtico encanto. De no haber sido por la sensación de inseguridad que se respiraba en sus aglomeradas calles turísticas, seguramente hasta lo recomendaría a otros viajeros, pero lo dicho, el mal ambiente y la sensación de inseguridad, no invita a hacer algo más que una rápida visita de rigor a los lugares más emblemáticos de la ciudad, como son su puerto, la ciudad europea o la catedral de Notre-Dame de la Garde.

Nada más poner pie en el suelo, la primera mala experiencia marsellesa; si ya de por si la ciudad no inspiraba ninguna confianza, nada más bajar de la moto, un joven de origen magrebí le tocó el culo a Noemí, con todo el descaro del mundo. Yo que no soy ni posesivo, ni mucho menos violento, no le di mayor importancia, al fin y al cabo éramos forasteros y tal vez esa era la bienvenida tradicional a la ciudad. Más tarde descubrimos que de tradicional no tiene nada, aunque sí es ciertamente habitual.

Al tratarse de uno de los principales puertos de entrada a Europa, entre su vasta población cuenta con un nada desdeñable 25% de población inmigrante, eso sumado a la ingente cantidad de turistas que visitan la ciudad en cruceros, ofrecen una mixtura cultural de lo más variopinto.

Tras dar varias vueltas para finalmente encontrar a nuestros anfitriones, nos dirigimos a comer a un restaurante típico del puerto de cuyo nombre no logro acordarme. Hay que decir que la decisión de Bryan y Justine fue de lo más acertado, comimos estupendamente y por un precio más que razonable, teniendo en cuenta el lugar en el que estábamos, y las vistas de que disfrutábamos.

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Tras la comilona y con el estómago más que servido, nos dirigimos a realizar nuestra primera entrevista a uno de los lugares más típicos y bonitos del puerto, el fuerte Saint Jean.

A media tarde nos despedimos de nuestros anfitriones y nos dirigimos a algunos de los lugares que nos habían recomendado visitar, la catedral en lo alto de la colina (Catedral de Notre-Dame de la Garde) y una playa de cuyo nombre no logro acordarme y mucho menos pronunciar con mis conocimientos de francés.

Desde la playa disfrutamos de una hermosa puesta de sol, acompañados del sonido de las olas, olas en las que era mejor no reparar, puesto que el agua de esta zona de Marsella era absolutamente negra, y creedme si os digo, que no era algo ocasionado ni por el barro de la orilla, ni por ninguna clase de alga conocida del Mediterraneo. Simplemente agua tóxica.

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Decidimos cenar a pies mismos de la playa, en un bonito restaurante estilo Wok, con vistas a la puesta de sol. Fabulosa elección, a excepción del hecho que luego, como todo buen caballero, tuve que ceder mi chaqueta a la dama, ya que ella había decidido dejar la suya en la parada matutina en el hotel, y sí, era agosto, pero en moto, y de noche, la fresca acecha independientemente de la fecha.

Hasta aquí el segundo día de viaje.

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