Abandonar Francia no iba a suponernos un problema excesivamente grande. Es un país muy bonito pero tal vez siempre nos hayamos encontrado con los bordes de turno y eso nos ha hecho cogerle cierta manía a los galos.

Menton, la ciudad en la que habíamos hecho noche, es ciudad fronteriza con Italia, de modo que al abandonar la ciudad entrábamos en territorio Comanche. Italia tiene muy mala fama por dos cosas: el precio de la gasolina y su estilo de conducción (además de la mafia calabresa). Ya habíamos conducido por Italia largo y tendido, pero en coche y nos asustaba hacer lo mismo en moto, puesto que los italianos respetan más bien poco o nada de la normativa de circulación. Conducir por sus carreteras es arto peligroso pero hay que romper una lanza en favor de los lombardos, respetan mucho más a las motos que a los vehículos pesados.

Habíamos planificado llegar hasta Génova a mediodía y deseábamos hacerlo por la carretera de la costa que une ambos países. La cosa no empezó del todo mal, aunque unos nubarrones hacia el este nos hacían presagiar lo peor.

Tras recorrer muchos riscos y acantilados a pie de mar y tras varios tramos de retenciones cada una más estúpida que la anterior (en el video tenéis el porque), el cielo se había puesto totalmente negro. Parecía haberse hecho de noche en pleno mediodía. Por tercera vez en 5 días de viaje decidimos tomar rumbo a la autopista, puesto que con el recálculo de las retenciones el contador del GPS solo hacía que sumar y nos seguía marcando las 4 horas originales a pesar de haber pasado más de 3 horas desde la salida.

Panoramica Genova

Entramos en la Autostrada italiana y tras el primer peaje, en las alturas, hizo acto de presencia la lluvia. Paramos y nos enfundamos una vez más, como siempre que cruzamos una frontera, nuestros trajes de lluvia. La lluvia tiene una extraña cualidad, la de ensombrecer los ánimos incluso del más festivo de todos. Así, con cara de can, seguimos hasta llegar a Bologna.

La dirección del hotel que nos habían suministrado en internet no era del todo correcta y don GPS nos estuvo dando vueltas alrededor de una plaza céntrica de la ciudad durante 20 minutos. Finalmente optamos por lo clásico: parar la moto y preguntar. Resulta que el hotel estaba a apenas 20 metros de donde estábamos parados, así que dejamos allí mismo la moto, descargamos y nos dirigimos a hacer el check -in en el hotel. Dormíamos en pleno centro de Génova y a pesar de haber planificado tarde de relax y algo de turisteo, finalmente acabamos comiendo a las 5 de la tarde.

Tuvimos un pequeños contratiempo/discusión a la hora de hacer el check-in en el hotel, ya que Noemí había perdido el DNI, y por lo tanto no podíamos completar el registro. Tras 10 minutos discutiendo medio en español, medio en italiano con el gerente del hotel, por quien había perdido su DNI, como por arte de magia Noemí hizo aparecer su documentación de uno de mis bolsillos. Todavía no se como lo hizo, pero yo no lo había metido allí…

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Bajo la lluvia
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Bob “Frost” Esponja

No conocíamos apenas nada de Génova, tan solo el acuario, así que blanco y en botella. Decidimos ir caminando ya que con tanta lluvia habíamos tenido suficiente moto por un día. Génova por lo poco que pudimos ver, es una ciudad muy bonita, ideal para rodar anuncios de colonias, así que aprovechamos para tomarnos más tiempo del necesario. Llegamos tarde al aquarium.

El Aquarium di Genova ofrece varios tipos de entradas y abonos. Nosotros dudábamos entre coger la entrada simple o la entrada con cena incluida. Tal vez por ser catalanes acabamos eligiendo la entrada simple… ya nos preocuparíamos a la salida de donde cenar.

Del aquarium de Genova pocas cosas se pueden decir más que es impresionante. Tiene varias partes bien diferenciadas, que por no aburrir al personal no voy a narrar aquí, pero por destacar os diré que además de tiburones y una enorme piscina de delfines, tiene un par de acuarios, uno de ellos con mantas raya que está diseñados para poder tocar los peces. Sí, como lo habéis oído, podéis meter las manos en el agua helada y tocar las rayas con vuestras manos. Si sois miedosos os diré que a los peces les retiran los aguijones para hacerlos inofensivos.

Tras muchas fotos y aun más risas en solitario, salimos del acuario en busca de alguna trattoria en que llenar los buches. Eran las diez menos cuarto de la noche y otra vez pagamos la novatada del país. Todos los restaurantes cerrados y aquí no nos servía la excusa de que estaban de fiestas, no. Aquí a las 10pm cerrado todo a cal y canto cualquier día del año. Tras casi una hora dando vueltas por todos los garitos cercanos al hotel, dimos con uno, regentado por españoles que al parecer habían decidido adoptar los horarios ibéricos. Los camareros autóctonos no nos recibieron con tanto entusiasmo como los dueños. La comida, como no podría ser menos: Pizza. Que unos españoles se vayan a Italia a montar una pizzería es realmente poco original pero hay que admitir que las pizzas estaban deliciosas, tal vez era una impresión propia fruto del hambre que teníamos.

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De camino al hotel, la ciudad parecía haber cambiado por completo. Por la tarde a pesar de no ser la ciudad más animada del planeta tierra, resultaba muy agradable pasear por sus calles. Pero bien entrada la noche, la cosa cambiaba. Génova es una ciudad mal iluminada, y al caer la noche, esa oscuridad sumada a lo solitario de sus calles, daban más miedo que respeto. Pensar positivo (o eso queremos creer) nos ayudo a llegar sanos y salvos.

Aprovechamos a la llegada del hotel para repasar los vídeos que habíamos grabado los días previos y planificar un poco más detalladamente la ruta para el día siguiente.

Al fin, a dormir.

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