Sexto día de viaje. Las nubes con las que el día anterior habíamos sido recibidos en Italia se habían disipado por completo. Por delante teníamos 300 kilómetros, la tercera travesía más larga del viaje que habíamos planificado y una de las que más horas nos llevarían, ya que cruzaríamos Italia del tirón de Oeste a Este (de Génova a Bolonia), atravesando en el camino la parte norte de los Apeninos. El GPS nos calculaba por nuestra ruta unas 5:30h, finalmente, entre perdernos varias veces, comer, mareos de Noemí y deshidratación genérica, acabamos tardando más de 9 horas.

Salimos temprano. Tras hacernos la promesa de no utilizar la autopista para nada, tomamos rumbo hacia el Parco Naturale dell’Avetto. El primer tramo del camino, cruzando los Apeninos fue el tramo que más pudimos disfrutar, un paisaje de infarto, unas carreteras impresionantes como veréis en el vídeo. Paramos en el Passo del Bocco a tomar un refresco y relajarnos tras un par de sustos ocasionados por la carretera. Además de ser un un asfalto de bastante mala calidad, lleno de grietas y baches, todo el camino estaba cubierto de ramas y troncos de los arboles, seguramente caídos por la bondad de las ardillas de la región. Aquí nos sorprendió ver desde la terraza a un trailer enorme circular por la carretera, no parecía una carretera adaptada para ello, pero amigos, esto es Italia.

Estábamos en la Italia más rural y montañosa, si habéis visitado en alguna ocasión Florencia, Roma o Venecia, olvidaos de lo visto, esto no se parecía en nada. Aquí la gente es callada, tímida con los forasteros e infinitamente más amable de lo que alguien podría encontrarse en las grandes urbes italiana o sus cercanías. Nos encantó la región norte de los Apeninos. Una de las cosas que más llamó nuestra atención de esta zona, es que por doquier encontrabas carteles de pueblos, que luego correspondían simplemente a una casa o una pequeña aldea. Llegamos a plantearnos el hecho de que en esta zona, cada uno se construía su casa y en consecuencia tenía derecho a ser un pueblo propio. No tuvimos ocasión de constatarlo, pero posiblemente, a mediodía ya habíamos cruzado más pueblos que casas.

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Bien entrado el día, y tras una curva bastante cerrada nos encontramos de bruces el trailer que habíamos visto adelantarnos horas antes en el Passo del Bocco. Lo primero que pensamos: ¡Se le ha estropeado el camión! No podíamos estar más equivocados. El conductor había decidido parar en mitad de la curva, bajarse del camión y ponerse a hacer fotografías del paisaje. Todo muy surrealista, pero auténticamente real.

Llegaba la hora de comer y tras perdernos 3 veces (a pesar del GPS del iPhone) vimos un cartel pasado un desvío que debíamos tomar. Eran ya las 14 horas pasadas y en Italia no perdonan con la hora, así que ya íbamos tarde. Dimos media vuelta, regresamos al cruce y nos acercamos hasta el restaurante Da Dirce. No sabíamos donde estábamos, ni cuanto nos quedaba, hasta el día de hoy no he sabido que dicho restaurante estaba en Bedonia.

Al entrar al restaurante, nos recibió una vieja y mugrienta sala de bar con una barra, con las paredes empapeladas de carteles vintage de promoción de bebidas alcohólicas regionales. Nos sentamos en la única mesa que había, hasta que apareció la anciana propietaria (camarera, cocinera y maitre) y por gestos nos hizo levantar para llevarnos tras unas puertas con cristales opacos donde se encontraba el comedor. A regañadientes nos sentamos, tal vez recelosos por la estética del lugar que parecía ser la sala de estar de la Señora Dirce llena de mesas para comensales, o tal vez por los hules de los años setenta, pero nos estaba dando mucho miedo el lugar.

Pasados unos minutos y tras traernos agua y unos Grisines, reapareció la anciana mujer para cantarnos en el Italiano más cerrado que habíamos oído nunca el menú del día. Tras pedirle que lo repitiera tres veces, acabamos decidiendo al azar. De nada nos sirvió, ya que pasados unos minutos la mujer vino a sugerirnos que tenía una lasaña casera riquísima que había hecho el día anterior. Tal vez por no saber comunicarnos, o tal vez porque ya nos estaba bien, aceptamos encantados cambiar nuestra elección por la lasaña. Cuando la trajo, nos asustamos de verdad, nos había servido dos platos de lasaña capaces de alimentar a un regimiento de la guardia romana, así que optamos por cancelar los segundos, y pasar directamente a los postres tras la lasaña.

La suculenta comida nos acabo costando tan solo 15€ los dos, algo que como veréis en el video no sabíamos, ya que la única carta que había en el restaurante era la mujer, y si ya era difícil entender lo que nos ofrecía, imaginaos comunicarse con ella para conocer el precio de la comida.

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Reemprendimos camino, por las curvas, aunque a pocos kilometros el GPS empezaba a mostrar líneas mucho más rectas que hasta el momento. Dicho y hecho, las curvas quedaron atrás más rápido de lo que habríamos deseado. Sin darnos cuenta habíamos dejado atrás parma y nos acercábamos a Modena. Noemí empezó a sentirse mal y así me lo hizo saber. Me indicó que parara y en la primera gasolinera que encontré me detuve. No necesitabamos gasolina, pero siguiendo la moda, el establecimiento era un auténtico supermercado. Compramos unos helados, nos sentamos en un bordillo y esperamos a que el azúcar empezara a hacer efecto. Habiendo repuesto fuerzas, reemprendimos la marcha, ya que todavía nos quedaban casi dos horas de viaje.

Al día siguiente no teníamos jornada de viaje, tan solo de rodaje, así que nos lo tomamos con calma, nos acostamos tras cenar en el McDonalds que teníamos en frente.

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