Tras una jornada de descanso conociendo un poco en profundidad Bolonia, reemprendíamos marcha con destino a Venecia, la ciudad de los canales, de las máscaras y de las aglomeraciones de turistas.

La ruta del día se preveía corta y tranquila. Unos 150km nos separaban de Venecia aunque antes de visitar la ciudad, iríamos a hacer el check-in en nuestro hotel en la cercana ciudad de Mogliano Veneto. Del trayecto poco podemos contar: rectas infinitas y paisajes sin especial atractivo, pueblo aquí, pueblo allá; algún que otro canal o río cruzando bajo los puentes de la carretera, y sobre todo, mucho calor. Ser 29 de Agosto no perdonaba y el termómetro no descendió de los 35ºC.

La corta distancia a recorrer y nuestra habitual pereza matutina nos hizo levantarnos tarde y acabamos viajando bajo el justiciero sol de mediodía. A medio camino, y tras incontables paradas para desprendernos poco a poco de más ropa, decidimos desandar parte del camino recorrido hasta un restaurante que nos llamaba la atención, por estar situado junto a un pequeño estanque artificial, pero sobre todo porque había gran cantidad de coches y camiones estacionados en la puerta. Si de algo se aprende con la experiencia, es que los camioneros siempre eligen los restaurantes con la mejor relación calidad precio. El lugar no nos decepcionó, buena comida, a buen precio.

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Seguimos la marcha sin contratiempos y ¿cuál fue nuestra sorpresa? Al llegar al hotel que habíamos reservado unos día antes por un precio de risa, resultaba ser un increíble palacio de 4 Estrellas (Aparentaba 5). Empezamos a temer que hubiéramos contratado una plaza de trabajo para fregar suelos o limpiar piscinas, pero no, resultó que la villa tenía anexa la antigua casa del servicio que habían transformado en un hotel Low Cost, con todas las comodidades del lujoso hotel de 4 estrellas, pero alejado de sus opulentos salones.
Tras la ducha con la que nos dimos nuestro merecido homenaje por el trabajo bien hecho, decidimos visitar el hotel que era en sí mismo toda una atracción turística. Tenía jardines con columpios de película colgados de enormes árboles centenarios, estanques con fuentes ocupadas por cisnes y patos y unas terracitas alejadas de la carretera donde servían Spritz a unos comensales más estirados que la cara de Ana Obregón. Al no recibir una invitación a compartir mesa con la Jet Set veneciana decidimos perder unos minutos disfrutando de los columpios del jardín principal. Si planeáis visitar Venecia próximamente, podéis plantearos seriamente alojaros en el Hotel Villa Braida.

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Tras haber hecho el perro un rato y bien entrada la tarde, nos acercamos a hacer un rápido reconocimiento de Venecia. Noemí había estado en un par de ocasiones pero para mí era la primera vez. Tengo un serio problema con las grandes capitales del turismo y es que a pesar de encantarme ver sitios, los prefiero ver vacíos de turistas. Aparcamos la moto a la entrada de Venecia en una especie de sobre-explotado parking para motos, en el que obviamente Meridian no cabía, por lo que optamos por aparcarla en la acera (a pesar de haber leído experiencias de otros viajeros que habían tenido problemas por aparcar de este modo). Yo tenía activado mi prejuicio con Venecia, temiendo verme envuelto en una especia de vorágine turística entre canales, puentes y callejuelas. Nada más cruzar el primero de sus canales el chip de mi cabeza cambió radicalmente. A pesar de ser pleno verano y de no ser excesivamente tarde, tuvimos la suerte de poder pasear por sus callejuelas y perdernos por sus recobecos sin grandes complicaciones con la gente, incluso llegando a estar solos en muchas zonas de la ciudad.

La cena llevaba por nombre trattoria como no podía ser de otra manera. Pizza, pasta, noche estrellada y un buen spritz despidió nuestra octava jornada de viaje por Europa.

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El noveno día lo dedicamos para grabar durante todo el día por Venecia. Esta segunda jornada, por algún extraño motivo, había hecho surgir a turistas por doquier que campaban cual zombies de puente en puente; parecía imposible que no fueran cayendo unos tras otros a los canales. A pesar de lo bien que lo hicimos en nuestro primer dia por la ciudad, la segunda jornada pagamos la novatada y acabamos comiendo en un restaurante chic/cool, de esos que te cobran 50€ por dos ensaladas de bolsa acompañado por un par de refrescos.

Lo mejor de Venecia, tras dos días recorriendo la ciudad, sin duda alguna es lo fácil que resulta perderse por sus calles, y es que nosotros somos de los que creemos que el encanto de un lugar no reside simplemente en cuan históricos o hermosos puedan ser sus edificios, sino de lo embelesado que puedes llegar a quedar tras perderte por sus lugares más desconocidos. Todo ello junto a la mágica luz que ilumina la ciudad gracias a sus canales y sus pintorescos edificios. Ver los vaivenes de sus gondoleros cantando mientras deslizan sus pértigas contra el agua de los canales, ver a los gatos ocultos tras las verjas metálicas en su propia burbuja alejados de la vorágine de personas de las calles principales… Todo ello forma parte de la magia de Venecia, una ciudad en la que el tiempo parece haberse detenido en un siglo recóndito de la historia.

Por otra parte, Venecia también tiene cosas malas, como por ejemplo el abuso en los precios: Góndolas 90€ (110€ de noche), la comida y las atracciones turísticas, esto último ampliamente extendido por toda Italia. Y es que aquí hacen negocio de todo, en especial de la cultura y la historia. No se puede acceder (obviamente) a sus calles o canales en coche o moto y las aglomeraciones en según que puntos de la ciudad y a según que hora son terroríficas, aunque por suerte, no tan habituales como dicen por ahí.

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Esa noche decidimos no correr más riesgos con la comida, así que buscamos un restaurante Fast Food en uno de los muchos polígonos comerciales que flanquean Venecia y donde los lugareños pueden hacer todas las compras que la compleja logistica de Venecia no les permite hacer en la capital. Cargamos con la comida en la moto y acabamos cenando en los jardines del hotel bajo un intenso bombardeo de mosquitos, pero estando en la gloria: ¿A quien le importa?

Quedamos enamorados de Venecia, pero para que engañarnos, estábamos ansiosos por salir de allí ya que nuestros pasos nos llevarían en días venideros a los Alpes septentrionales, a recorrer el Mortirolo, el Passo dello Stelvio y el Passo Gavia, y en nosotros hervía una mezcla de ansia y nervios, pero eso amigos, es otra historia.



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