Décimo día de viaje. Acabamos de llegar al hotel tras un breve paseo por Verona. Todo el mundo nos la recomendaba, a nosotros nos ha decepcionado profundamente. Ponemos todas nuestras esperanzas en el restaurante del Hotel Valpolicella. Verona no es una ciudad al uso, es algo más parecido a un gran pueblo, más propio de la Toscana que del norte de Italia, así que hemos buscado un hotel todo lo alejado que hemos podido.

Desde la ventana de la habitación vemos los Alpes, pero nos han engañado, aqui no hay estrellas, tan solo nubes. Nubes y más nubes. Bajamos al restaurante guiados por el olor a pizza casera. La recepcionista del hotel nos indica que debemos salir para entrar al restaurante, que no hay accesos directos, pero ¿cómo? Mientras bajábamos las escaleras ha empezado a llover ahí afuera. Nos cubrimos con nuestras camisetas y corremos. Parece que la legendaria fama de la lluvia alpina también es poco merecida.

Tras haber recorrido las ciudades más importantes del norte de Italia y el sur de Francia, por fin degustamos una pizza de verdad. Buen vino, buena comida y buenos postres mientras la lluvia golpea en algun lugar del restaurante dispuesta a derrumbar el techo. “Los tejados de estos edificios no son todo lo que deberían ser”, pensamos. Abonamos la cuenta y encaramos la puerta. ¿Qué són esos flashes? ¿Ha venido la prensa a vernos?

El auténtico diluvio universal nos está azotando, los rayos caen sin cesar por doquier. Los antes escasos 100m que nos separaban de la puerta del Hotel se nos hacen, ahora, imposibles. El flujo de agua entre cielo y suelo hacía quedar en ridículo a las olas más grandes del mar. Hicimos de tripas corazón y echamos a correr: Error. La balsa de agua que era el pavimento del parking del hotel la han convertido en una pista de patinaje, así que aminoramos la marcha, y como Gene Kelly decidimos abrirnos paso entre saltos a través de la lluvia.

Un minuto nos ha llevado a empaparnos más que en una piscina. Por algún motivo incomprensible somos nosotros la lluvia bajo el cénit de la puerta del hotel. No damos crédito a lo sucedido y la recepcionista del hotel parece que tampoco: “Otros turistas idiotas que pagan la novatada”, insinúa su media sonrisa socarrona tras el mostrador.

Subimos a la habitación entre los chapoteos propios de nuestros zapatos, dando buena cuenta de ello la moqueta de la escalera. Una vez en la seguridad de esas cuatro paredes con decoración ochentera, nos quitamos con dificultad la ropa pegada a nuestras pieles y hacemos de lo imposible posible, nos duchamos para secarnos.

La cama recibe con calor nuestra llegada, cargados de malas sensaciones. Hemos sufrido una tormenta digna de los Alpes, sin haberlos pisado todavía. Cerramos los ojos y deseamos con todas nuestras fuerzas desquitarnos al día siguiente. No podríamos perdonarnos haber hecho todo este trecho hasta el techo de Europa para llevarnos otra decepción.

Los sonidos de los camiones de obra nos despiertan demasiado temprano. No oímos el repiqueteo de la lluvia, pero tras las cortinas opacas de la habitación no sabemos que puede esperarnos hasta que, más con temor que con esperanza, nos acercamos a descorrerlas. El Sol lo inunda todo, allá afuera y en el interior. Ni restro de las nubes que la noche anterior nos hicieron bañarnos sin desearlo excesivamente. La experiencia por poca que sea con los Alpes nos hace ser precavidos, de manera que nos encaminamos hacia un centro comercial para hacernos con ropa térmica suficiente como para sobrebivir a un apocalipsis, por lo que pueda pasar.

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Habiendo hecho la compra y dudando sobre lo exajerado del ticket, nos encerramos en el baño del Decathlon de turno para ataviarnos cual cebolla. Por lo visto los Alpes no perdonan y nos nos la queremos jugar a pesar del radiante sol que calienta el asfalto.

Tomamos, ahora sí, rumbo hacia los Alpes. Hemos reservado una habitación en Solda (Sülden), excusa perfecta para llegar a ella a través del Passo dello Stelvio. Pasadas unas horas y con el hambre apretando nos detenemos para comer y analizar un poco la ruta que nos queda por delante. Tan solo hemos hecho la mitad del camino en kilómetros, pero por delante nos quedan todavía el Passo Gavia y el Passo Stelvio; el miedo se apodera de nosotros. ¿Y si nos cae la noche a 3.000m de altitud sin equipo de acampada? El propio término “aventura” nos da la respuesta. Solo hay un camino y este lleva hacia adelante, con lo que sea.

Sea Inteligente. Por cortesía deje el baño decente en caso de diarrea fulminante.
Sea Inteligente. Por cortesía deje el baño decente en caso de diarrea fulminante.

Tras comer y echarnos unas risas con el cartel del baño en el cual se prohibía su uso en caso de, cito textualmente, “diarrea fulminante” subimos sobre Meridian y avanzamos. Al poco y sin haber visto señalización alguna, la carretera empieza a estrecharse. Tan solo queda un carril para los dos sentidos de la marcha y el firme pierde agarre por sus malas condiciones: esto sí que se va pareciendo a los Alpes que esperábamos encontrarnos.

El Passo Gavia es sin duda la carretera más terrorífica por la que hemos circulado, no por el estado de su firme, ni obviamente por sus vistas, sino por lo revirado y estrecho de su vía. Nos cruzamos con un coche, con dos, al tercero, la carretera se ha estrechado tanto y es tan pronunciado el acantilado que me detengo casi obligado a tirar la moto al arcén interior para no bloquear el tráfico. Las curvas se vuelven tan cerradas que necesito de la ayuda de Noemí para saber si viene trafico en sentido contrario. Las carreteras se solapan la una sobre la otra a medida que se van sucediendo las curvas. Sin darnos cuenta estamos por encima de los 2.500 metros sobre el nivel del mar.

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Noemí me pide con la respiración entrecortada que detenga la moto. Hemos pasado de los 60m de altitud en Verona hasta los 2.621m en apenas 3 horas y su cuerpo está empezando a pasarle factura. Paramos en una curva y tras ver pasar varios coches y motos demasiado cerca decidimos seguir. A los poco minutos estamos en el refugio.

Debemos continuar hacia la mítica carretera del Stelvio, pero eso lo dejamos para la segunda parte del relato.

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