Es media tarde y pararse a descansar en el refugio alpino del Passo Gavia nos ha amuermado. Acabamos de pasar muchos nervios ascendiendo por sus curvas y de no tener reserva en un refugio de Solda nos quedaríamos aquí toda la tarde, contemplando los lagos y estanques que rodean el puerto. Sentados sobre la moto vemos pasar a ciclistas, motoristas y conductores de Lotus por doquier. Sin duda, este lugar es un imán para los amantes de la gasolina. Una lástima que muchos ellos pasen centrados en las líneas que delimitan la pista asfaltada, cuando la maravilla está a su alrededor; pararse, encender un cigarrillo y tomar un trago de agua es seguramente lo mejor que se podría hacer en este lugar, pero pocos parecen apreciarlo así.

Passo Dello Stelvio
Objetivo conseguido.

El reloj de la moto nos despierta de nuestra burbuja de contemplación Zen, nos aleja de las praderas de intenso verde, de los azules lagos de agua pura, pintados todos ellos con intensas acuarelas sobre las montañas. Es hora de continuar o nos alcanzará el ocaso en pleno Stelvio. Nos hemos demorado demasiado subiendo al Gavia (Europa. Los Alpes, parte 1), más todavía contemplando las vistas desde el refugio así que, cruzando los dedos por no bajar de los 10ºC, seguimos adelante.

La carretera se vuelve fácil. Tenemos la impresión de estar descendiendo rápidamente, pero el altímetro del GPS nos indica lo contrario, descendemos poco, avanzamos mucho en comparación con los últimos tramos. Sabemos que de un momento a otro aparecerá ahí, ante nosotros, el zig zag de ascenso al Stelvio, pero unos túneles tras otros nos ocultan lo que se extiende más allá del valle que separa las montañas a nuestra izquierda. Habiendo perdido la cuenta de los túneles de repente la carretera se despeja, bajamos por una pendiente casi recta y lo vemos. La carretera dibujada en la montaña como una escalera mal construida, dibujada entre el intenso verde que se pierde en las alturas. Está flanqueada por imponentes moles de un gris oscuro. Las nubes hacen de estos, hostiles cancerberos de piedra, un lugar poco grato y casi terrorífico.

Disfrutando de cada “tornante” vamos ascendiendo poco a poco, sin pausa pero sin prisa. Rápidamente, sin darnos apenas cuenta, el paisaje se ha desaturado. Sabemos que de aquí en adelante la vegetación no crece y así nos lo recuerda el termómetro de Meridian. 2ºC parpadean al llegar a lo alto de la cara sur del monte Stelvio. Nos detenemos unos segundos para preguntarnos si eso realmente era todo. Hemos tardado pocos minutos y ahora empujados por el frío, deseamos seguir hacia adelante. Hacemos cima tras bordear el refugio. El parpadeo del termómetro sigue incesante, -0,5ºC reza ahora en la parte más alta del puerto. Cruzamos el cambio de rasante y ahí aparece la cara norte. El mítico ascenso del Stelvio nos espera para ser descendido. Un glaciar nos observa desde las alturas, con sus cuencas milenarias vacías, sin lagrimear. Las nubes preservan sus hielos y nos infunden más respeto que miedo, hasta que somos rescatados de la hipnosis del hielo azul, bajamos la mirada y ahí se encuentra. Una caída de cientos de metros, yerma piedra rasgada por una serpiente de asfalto, recorrida de manera incesante por enormes caballos de metal de todos los colores. Escondida tras el primer tornante se encuentra el mirador, aparcamos y disfrutamos de las vistas sin quitarnos los guantes.

Passo dello Stelvio
Noemí no quería dejar el Stelvio a pesar de quedarse pegada por el frío al cartél.

Estar rodeado de tan imponente paisaje, las moles de roca, el enorme glaciar que parece deslizarse como un caracol sobre la montaña, nos hace preguntarnos en voz baja: “¿hemos perdido el nexo con el mundo que nos rodea?” El ser humano construyó esta carretera hace casi un siglo, toda una vida humana, apenas un parpadeo para las maravillas que enmarcan la escena. Disfrutar o sufrir, tanto da, este paisaje ha parado nuestra respiración. El tiempo se ha detenido en un instante concreto entre los eones que tal vez lleven estas montañas orbitando en derredor del sol. Este instante sin duda es el más intenso de los más de 2.000km que llevamos recorriendo Europa. Nada sucede, nada se mueve, pero sentirte así de pequeño e insignificante hace que tu mente implosione de paz y felicidad.

Empezamos el descenso hacia el refugio de Solda, tornante tras tornante vamos robando metros al altímetro a un ritmo vertiginoso. Tras decenas de curvas y gris, el verde vuelve, los abetos nos rodean y empezamos a perder la perspectiva del camino recién recorrido; este bien podría estar en nuestro top eight de bosques europeos. De camino a Merano, el GPS nos invita a tomar un desvío. Es una carretera que muere en Solda, en la que el paisaje sigue haciendo acto de presencia. Atravesamos puentes sobre un río de agua glaciar recién nacido, de aguas blancas y azules propias de la ciencia ficción. Llegamos al refugio Basecamp Nives donde nos espera una austera a la vez que confortable habitación con literas cubierta por completo de madera. Por la ventana tan solo vemos el valle Norte, cortado por el río de aguas cristalinas que nos encontramos hace unos minutos. En cualquier momento esperamos ver a la heredera de Heidi corriendo colina abajo, pero no aparece. A pesar de haberse despejado el cielo, el sol no calienta lo suficiente y el ambiente tras las ventanas térmicas sigue siendo gélido.

El arrepentimiento
Pedir un café en un local Suizo no tiene perdón.

El restaurante del hotel ofrece una corta, aunque excelente carta de comida típica italiana, suiza y tirolesa, o eso nos quiere hacer creer el camarero en un inglés propio del Reino Unido. Optamos por la opción italiana, bañado con cerveza Forst, ésta sí, regional del Tyrol. Nos impacta y sorprende el lugar. Oficialmente estamos en Italia, pero tanto los carteles como los comensales, así como el servicio al total son de procedencia Suiza (tirolesa). De no ser por el Inglés, aquí no habría comunicación posible con nuestro italiano de patio de colegio.

Tras meternos en nuestros nichos de madera y anidar entre sábanas de un blanco impoluto descansamos como no lo hacíamos desde que salimos de casa. Al despertar, separados, estamos deseando de forma velada que una terrible nevada haya dejado el valle de Solda incomunicado por unos días. Tal vez esa sería la mejor excusa para quedarnos en este paraíso alpino. La suerte una vez más no está del todo de nuestro lado, el sol lo baña todo con terrible justicia. De manera remolona salimos de la cama, empacamos todo de nuevo y cargamos la moto. Antes de partir tenemos algo pendiente, aprovechar las vistas del bar del Hotel para degustar un auténtico Suizo (chocolate a la taza con nata). No nos decepciona.

El Suizo
Noemí y su auténtico Suizo.

Llevamos ya un largo trecho recorrido y si algo hemos aprendido hasta ahora, ha sido a no forzar la marcha de los lugares mágicos. Este es uno de esos lugares y momentos en que se hace la magia. En moto nos hemos encontrado viajeros de dos tipos: los que viajan con fecha de salida y los que lo hacen con fecha de regreso. 

Alpes

Volvemos a ascender la cara norte del Stelvio, nos detenemos de nuevo buscando ahora con la mirada los castores que hemos visto durante el ascenso. Al llegar de nuevo al refugio del Stelvio no podemos dejar correr la oportunidad de comprar el souvenir típico de la región: ¡un castor parlanchín! No los hemos oído cantar ni silbar, pero si corretear entre los surcos de piedra gris. Lo entrañable de la escena nos ha hecho convencernos que invertir en un peluche no es tan mala idea, ni siquiera para un overlander

Vuelta al Stelvio
El frío no puede combatir las ganas de posar sobre el Stelvio.

Descendemos de nuevo la cara sur, con toda la calma de la que somos capaces, mientras motos de todos los estilos y tamaños nos adelanten en una frenética carrera sin reloj al que vencer. Comemos en un bar plagado de moteros en Bormio. Nuestro próximo destino nos da un respiro por su proximidad, así que nos lo decidimos tomar con filosofía africana. A media tarde aparecemos en Talamona, donde Raimondo Vairetti, ex-ciclista profesional, tras dejar la competición montó una escuela de equitación (L’isola del cavallo).

Amablemente declina la opción de llevarnos por el río a caballo, dada nuestra inexperiencia previa (nula). A cambio se ofrece a darnos una clase en circuito cerrado para enseñarlos lo esencial. Cambiamos la moto por caballos y los cascos con visera por cascos cubiertos de fieltro. Y tras un desagradable rato con un animal enorme dando saltos bajos nuestros traseros, nos sentamos a charlar un rato con él, compartiendo unos refrescos.

Posado equino
Noemí en modo “postureo”.

Nos sorprende cómo, tras haber conocido las mieles del éxito, Raimondo decidió regresar a su pueblo natal, comprar un terreno, construir con sus propias manos un establo y empezar a criar caballos. Es uno de esos hombres que despiertan en uno una mezcla de admiración y envidia. Se le ve feliz, y así nos los confirma. Tiene mujer, hijos, un negocio próspero y la vida con la que siempre había soñado. Cuando conocimos a Charly Sinewan, no pude evitar relacionarlos: dos hombres de éxito, que decidieron dejarlo todo, su carrera, su trabajo y su dinero a cambio de un bien mayor: ser feliz.

Posado equino a duo
Las sonrisas tan solo aparecieron a la hora de posar para la foto.

Ya con el ocaso bien entrado decidimos dejar a Raimondo, quien se niega a cobrarnos por los refrescos y las clases de equitación, invitación que rechazamos todo lo elegantemente que podemos. Habíamos reservado en un hotel rural de las cercanías. El lugar lo regenta un colombiano que estalla en alegría de poder hablar su idioma natal, oxidado tras tantos años, ya que según nos cuenta, por la región no es muy habitual recibir viajeros de habla hispana. 

Bien entrada la noche y tras intentar visitar un pueblo sin farolas, nos damos por vencido. Nos metemos en la húmedas sábanas de la húmeda habitación del húmedo hotel e intentamos dormir bajo el acecho de insectos de toda índole.

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