Antes de empezar, quisiera aclarar que por motivos económicos, nuestro siguiente destino era Saint Tropez, pero nos resultaba imposible pagar un hotel en tan lujosa ciudad, así que acabamos alojándonos en la cercana ciudad de Sainte Maxime (todo un acierto como veréis al final del vídeo).

Aclarado esto, empezamos.

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A las 9 ya estábamos montados en la moto, tal vez por el largo camino que teníamos por delante (el GPS nos indicaba más de 4 horas de ruta para menos de 200km) o por el hecho de que estábamos deseando alejarnos lo antes posible del hotel F1, y la ciudad en que se encontraba: Marsella.

Lo que más nos sorprendió, si bien es verdad que nos encontrábamos a las afueras de la ciudad, es que todo y contar con un área metropolitana que supera con creces el millón y medio de personas, a los 5 minutos escasos de abandonar el hotel ya no se veían edificios por ninguna parte, estábamos en plena área rural, alejados de la mole urbana que es Marsella. Primera parada temprana: un pueblecito a apenas 20km en los que la paz y la tranquilidad se respiraban en cada una de sus aceras.

Lo mejor que tiene Francia a primeras horas de la mañana es que con el estomago vacío, tu cuerpo puede oler sus magnificas Boulangeries a kilómetros y llevarte a degustar sus magnificas pastas y delicatessen. Tópicos a parte, nos sentamos en la minúscula terraza de una pastelería a los pies de la carretera. Seria incapaz de decir con exactitud donde estábamos, pero aun a riesgo de ser reiterativo, no parecía ni por asomo que estuviéramos tan cerca de una de las mayores megalópolis de Europa.

Con las pilas recargadas, nos dirigimos rumbo a Saint Tropez, a través de las montañas costeras, tan típicas de las inmediaciones de Marsella. No ver el mar y estar rodeado de montañas, daba la sensación de estar en pleno pre-Pirineo, en lugar de ir casi bordeando la costa. Una carretera divertida donde las haya.

Desfiladeros, pequeños puertos de montaña y muchas curvas; una combinación perfecta. Ahora sí podíamos decir que empezábamos a disfrutar de las carreteras y del viaje.

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Desfiladeros, pequeños puertos de montaña y muchas curvas; una combinación perfecta. Ahora sí podíamos decir que empezábamos a disfrutar de las carreteras y del viaje, tan solo empañado por las habituales invasiones en sentido contrario de los moteros franceses (todo un peligro) y por un inquilino: un saltamontes que decidió viajar de polizón dentro de mi casco. No resultó molesto hasta que se aposento sobre la cara interior de la visera, ya que hasta entonces no había sido consciente de su presencia. Ahí sí del susto que me llevé, reduje considerablemente la velocidad, peleándome a ciegas con un bicho con la visera abierta. De haberme visto alguien, sin duda habría recordado a Don Quijote, luchando contras sus gigantes imaginarios, solo que mi molino era de menor tamaño y estaba alojado en mi casco.

A medida que nos íbamos acercando a Saint-Tropez, la proximidad con el mar se volvió a hacer patente, cada vez se dejaba ver más y con mejor color. Visitar una zona turística en pleno mes de Agosto, tiene obviamente sus inconvenientes. El primero de ellos: el tráfico. Nuestro plan era dirigirnos primero a nuestro Hotel en Sainte Maxime, así que tras pasar bien cerca de Saint Tropez y de camino al hotel, decidimos hacer una parada para beber y descansar un poco. Quedaban poco menos de 20 minutos para llegar a destino, pero los 35ºC sumados a la ropa de moto nos hizo tomar la mala decisión de pararnos al pie de una playa. El cuerpo nos pedía un baño en las cristalinas aguas de la Côte d’Azur, pero habíamos quedado y el tráfico, una vez más, nos iba a hacer llegar tarde. Debíamos seguir.

Finalmente llegamos al hotel. Habíamos reservado un tanto a ciegas en el hotel Le Preconil, y a pesar de no ser excesivamente partidario de recomendar hoteles o alojamientos, debo admitir que me enamoró el encanto del lugar, una habitación de estilo continental con terraza donde pudimos descansar un rato y tomar un agradable refrigerio antes de encarar Saint-Tropez. Desmontamos las maletas, nos pusimos ropas más adecuadas para visitar una ciudad costera en pleno verano y nos pusimos en marcha. 

Piérdete en Saint Tropez

Ya habíamos visitado con anterioridad la ciudad así que algo conocíamos. Nos dirigimos a un aparcamiento para motos en el casco antiguo, el punto más cercano a donde pretendíamos ir a comer. Eran las 3 de la tarde y el hambre acechaba como un lobo. Habría sido tal vez más lógico aparcar en el mismo puerto de Saint Tropez pero desde allí era complicado llegar a la que se ha convertido en una de nuestras creperías de referencia en Francia, en Rue de Georges Clemenceau. No os puedo decir el nombre tan solo puedo contaros que se trata de un local minúsculo, más parecido a una ventanilla que a un restaurante, pero si pasáis por Saint Tropez, nos os lo podéis perder.

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Pasamos la tarde recorriendo sus callejuelas. Saint Tropez es la ciudad perfecta para perderse por sus calles y dejar correr las horas disfrutando de su ambiente y sus rinconcitos. Puede que hayamos acumulado con los años más de 200 fotos de la ciudad, pero por no aburrir con nuestras fotos, casi mejor describiros un poco por encima que es lo que hace de Saint Tropez una ciudad tan especial para realizar fotografías. Toda la Costa Azul, tal vez sea por la disposición de sus edificios o por alguna extraña aura mágica, le otorga a sus callejuelas de una luz muy característica, una luz de aterdecer (la favorita de los fotógrafos) y ahi es donde Saint Tropez, de todas las ciudades que he podido visitar, se lleva la palma. 

Al final del post podréis ver una mini galería con algunas de las mejores fotografías de nuestra última visita a la ciudad gala.

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Sus playas pedregosas no son santo de nuestra devoción, lo confesamos, pero si algo bueno que tienen es que, a pesar de ser una de las ciudad más visitadas de la zona, casi a cualquier hora del día puedes encontrar alguna cala solitaria en la que sentarte a disfrutar del mar, o simplemente a charlar un rato. El sur de Francia ofrece las ventajas de poder acompañar cualquier puesta de sol con un buen vino, pero tal vez Saint-Tropez no sea la mejor opción, ya que sus precios rozan lo desorbitado en prácticamente cualquiera de sus actividades.

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La locura de Sainte Maxime

Al anochecer nos montamos en la moto y nos dirigimos de nuevo a Sainte Maxime. El tráfico había mejorado bastante por lo que nos pusimos en 10 minutos en destino. Preguntamos a la anciana recepcionista dónde podíamos ir a cenar algo económico y sin dudarlo nos recomendó una pizzería cercana, aunque omitió, tal vez de manera devilerada, que era algo más que una pizzería. Al llegar nos encontramos sumidos en una especie de despedida de soltero desenfrenada… Entre las muchas mesas del local, destacaba un grupo de estudiantes parisinos que ocupaba una larga mesa para 12 y explotaban al máximo lo que hacía excepcional el restaurante: el Karaoke.

Sin saberlo nos habíamos colado en una pizzeria/karaoke. Para los que no lo sepáis en Francia tan solo se habla un idioma: el francés. Nadie habla ningún idioma que no sea el francés. Como no podía ser menos, las 300 canciones del repertorio del karaoke estaban en… bueno, ¿os lo imagináis verdad? Disfrutamos de las pizzas y unas buenas cervezas alemanas mientras veíamos a los cada vez más efusivos “cantantes de una noche” darlo todo ante el plasma del karaoke. Sin duda la alegría y excitación del momento se nos contagió, y aunque no teníamos ni papa de lo que estaban cantando, acabamos la noche gritando al unísono todas y cada una de las canciones que se sucedían, al menos haciendo ver que seguíamos el ritmo.

A la mañana siguiente nos tocaba madrugar para encaminarnos hacia Mónaco, pero eso amigos, es otra historia.

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