Ojalá te mueras. Ojalá te duela. Que sea lento. Jodidamente lento. Y te des cuenta. Que mueras y mientras, te acuerdes de mí, de ti y de tu necesaria putrefacción. De tu carne corroída y de tus huesos lamentándose, de tus venas secas y tu corazón vacío. Ojalá te mueras y veas la oscuridad acercándose, que no sepas ni dónde acaba el tiempo y dónde empieza la nada. Dónde acaba el odio y amanece el perdón. Dónde acaba el espacio y se abre el universo. Ojalá te mueras, como lo hice yo.

El momento en que me di cuenta de que mi vida era una mierda sigue clavado en mi memoria, como un recuerdo que no quiere desaparecer. Y espero que nunca lo haga. Sentí cómo se me acababa el aliento, cómo mi corazón se llenaba de adrenalina y cómo mis piernas empezaban a flaquear. Me dio un ataque de ansiedad y tras ese, vinieron muchos más. Uno tras otro, día tras día. Caí en un pozo oscuro y negro, donde mis pies pudieron tocar el fin de mi ser. Mi subconsciente se abrió y todos mis traumas revoloteaban por mi vida, privándome de sueño(s). Empecé a pensar en la existencia y en el por qué de la vida. No entendía nada. Se desarrolló una extraña obsesión por la muerte que no me dejaba vivir en paz. Me di cuenta que algún día iba a morir. Vale, ya sé que vivimos y como consecuencia, morimos. Pero nunca nos paramos a pensar en ello. ¿Acaso te has parado a pensar en tu propia muerte? En aquella época, me despertaba tarde pensando en la muerte. Me duchaba y pensaba en que ese instante no se repetiría jamás. ¿Qué había detrás? ¿Existía algo después de la muerte? Parecía que la gente moría de forma muy habitual. Y en una semana tuve que ir a tres entierros diferentes. Me llegaban casos de gente con cáncer terminal, con anginas de pecho o con cualquier factor mortal que pudiese imaginar. Lo escuchaba en conversaciones, leía noticias constantemente sobre desgracias que, sin quererlo, llenaban mi mente. Y me mataban. Lentamente, dolorosamente, mi cuerpo, mi mente y mi alma. Muertos.

San Sebastian (4)

Algo cambió. Fue un despertar, casi de repente. Vi la luz. Hacía varios meses que mi cuerpo me reclamaba a gritos que hiciese algo con mi vida. Pero no nos educan para escucharnos. Sería poco productivo, al fin y al cabo. La ansiedad y la depresión es la única forma que tiene tu cuerpo de decirte algo. Algo que no sabes ni qué es, pero algo que te está pasando. Decidí hacerme amiga de la muerte y enfrentarme a ese miedo tan obsesivo. De ahí, nació una de mis filosofías diarias que me han llevado hasta esta aventura que empezará en breve (¡lo estamos consiguiendo!).

Tener presente la muerte es algo que nos ayuda muchísimo en situaciones difíciles. Saber que vamos a morir resta importancia a todo lo que nos pasa en la vida. Así que, cuando tengo algún problema o siento que el mundo se mueve cuesta arriba pienso: “Que más da, si me voy a morir igual”. Y tan feliz. Quizás lo veas como una muestra de pasotismo, una actitud chulesca ante la vida. Pero funciona. Lo que te vas a llevar a la tumba, no serán los problemas, ni el dinero, ni las preocupaciones. Serán los rasguños y los huesos rotos, las arrugas fruto de las cientos de miles de sonrisas y sobre todo, tus arrepentimientos.

Nunca es tarde para no arrepentirse. No hace falta que lo dejes todo y te marches de viaje. Pero es necesario que encamines tu vida para que jamás puedas pronunciar ni un solo “y si”. La muerte está en ti, convives con ella cada día, luchas para que no gane. Si gana, estás jodido. Pero no hace falta morir para estar muerto.

Otra de mis preguntas claves pseudo-filosóficas es la siguiente: “¿Esto me va a matar?”. Es genial para no terribilizar y restarle dramatismo a los problemas. Suelo ser una persona que tiendo a eso (¡yuju!). Cuando me encuentro delante de cualquier situación, me hago esa pregunta. Si el problema me puede matar, debo solucionarlo lo antes posible. Si no, entonces significa que no es grave.

Recuerdo el momento en que me di cuenta de que mi vida era una mierda pero también, el momento en que volví a nacer. Estaba en la cocina cuando Alberto me planteó un proyecto alucinante para dar la vuelta al mundo en moto. En mi interior, mi respuesta inicial fue un “ni de broma”. Pero mi cuerpo me seguía pidiendo a gritos que viviese. Salir de la zona de falsa seguridad y adentrarme en una zona de desconocimiento, de incertidumbre, de felicidad. Lo que significa este proyecto para mi persona va mucho más allá del marketing y el famoseo. Es el proceso de crecimiento personal explicado paso a paso, el autoconocimiento de mi subconsciente y afrontar mis mayores miedos. Y tú, formas parte de todo esto. Por eso deseo que mueras y ojalá lo hagas pronto. Porque esa luz está ahí, esperando a que llegues. Pero que no sea tarde.

Y tú, ¿crees que hay vida detrás de la muerte? ¿Alguna vez te has planteado que vas a morir?

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