El frío y la humedad nos despiertan. Esto es el Pirineo y el rocío empapando la membrana externa de la tienda nos lo recuerda de la forma más dura, tenemos los huesos calados. Nuestro malestar se disipa al abrir la cremallera. El profundo sueño al que fuimos arrastrados la noche anterior nos había hecho olvidar el majestuoso paisaje que se abre tras la puerta de la tienda.

Meridian tampoco se ha salvado. Todas y cada unas de sus piezas chorrean por doquier. Desmontamos la tienda intentando sacudirla lo más rápidamente posible antes de humedecer la membrana interior. No somos lo suficientemente rápidos, está toda empapada, tan solo se han salvado los sacos y los colchones. Al meterlo todo en la misma bolsa, la humedad se contagia como la gripe en un gallinero.

En vano doy unas vueltas por los Llanos de Planduviar para intentar secar la moto al viento o por el calor que emana el motor. Finalmente arrancamos poniendo en aprietos el Gore-tex que protege nuestros traseros. Nos detenemos a desayunar en Sarvisé y tras cargar las pilas ponemos rumbo a Navarra. El destino de hoy: Zugarramurdi.

Pasamos de largo Pamplona y nos detenemos a llenar el depósito. La oferta de 2×1 en Cheetos que ofrece la gasolinera se me antoja irresistible. Me hago con dos enormes bolsas de gusanitos de maíz que, ni cortos ni perezosos, empezamos a devorar en el suelo de la pista de la gasolinera intentando huir cual vampiros del sol de justicia que baña el terreno yermo que nos rodea.

La Bruja Casquet
Noemí interpretando a las brujas de Zugarramurdi en las inmediaciones de Pamplona.

Dejamos atrás la A-21 que nos llevó hasta Pamplona entre parajes casi desérticos y nos adentramos por la N121A en la Navarra profunda. De repente el verde inunda nuestras pupilas. Aparecen las primeras curvas de la jornada, y antes de empezar a disfrutarlas, tras poco más de una hora, estamos en Zugarramurdi. Lo primero que nos impacta es la saturación del pueblo. Varios autobuses franceses colapsan la plaza central para decepción nuestra. Al bajar de la moto empezamos a investigar en los restaurantes colindantes. Al parecer la saturación turística ha invitado a los restauradores a poner los precios por las nubes.

Nos subimos a la moto y nos alejamos por la carretera hasta un restaurante cercano donde ofrecían menús asequibles además de vistas libres de autocares. Con el cielo algo más cubierto y la temperatura dando un respiro, nos dirigimos a las cuevas de Zugarramurdi, famosas por sus ancestrales Aquelarres, pero también por la película de Alex de la Iglesia “Las Brujas de Zugarramurdi”. A pesar del económico precio de acceso (4€) salimos un tanto decepcionados del lugar. Las vistas del mirador estaban obstruídas por la vegetación, los trekkers amateurs se quejan de sus rodillas (¿Qué esperabais? ¿Que esas zapatillas fashion hipster no harían daño por poneros unos pantalones “The North Face”?) y los niños campan a sus anchas gritando descontrolados por un paraje de sublime belleza denostado, como tantos otros, por el turismo de masas.

Al abandonar Zugarramurdi y poner rumbo a Euskadi, TomTom nos hace bordear la frontera franco-española cruzando de manera continua de un país a otro, sin más pistas que las matrículas para saber que estado estamos pisando. Carreteras de segunda, de tercera, carreteras que no son carreteras… Hemos perdido la noción de la ruta que seguimos, pero disfrutamos del paisaje como niños con zapatos nuevos. Volvemos a entrar en España a través de Hendaya y ponemos rumbo a San Sebastián. Empieza a ser tarde, y una fina lluvia aplaca nuestro entusiasmo y nos recuerda que seguimos sin tener donde dormir, de manera que media vuelta, atravesamos Hondarribia y nos adentramos en la carretera que bordea la costa por el Monte Jaizkibel, donde una bonita explanada que nos han recomendado nos debe acoger arropados por el mar.

La lluvia se ha detenido, pero un nuevo obstáculo se interpone entre nosotros y nuestro idílico nido de amor de una noche. Un cartel prohíbe la entrada al camino a todo tipo de vehículos de motor. A estas horas no podemos permitirnos el lujo de caminar casi 4km por la montaña cargados con todos nuestros bártulos de acampada. Seguimos adelante con la esperanza de encontrar un hotel en Donostia asequible, aunque todo el mundo nos advierte que este año la ocupación hotelera roza el 98% en San Sebastián y cercanías. El 2% restante, no baja de los 350€ por noche.

Hondarribia
La plaza central de Hondarribia apagándose poco a poco con la noche.

Entramos en la niebla más espesa que hemos visto en nuestras vidas, y ahora sí que nuestras posibilidades de llegar a la ciudad y encontrar un hotel se disipan del todo. Paramos para analizar las opciones y damos media vuelta. Antes de llegar a Hondarribia acordamos detenernos en el Camping y preguntar. Mientras esperamos, aprovechamos para llamar a varios campings de la zona. Completos. A cada minuto que pasa perdemos enteros de conseguir un hueco en el que plantar la tienda.

Nuestro turno. Tras revisar unos papeles, la recepcionista se levanta y nos deja con la palabra en la boca y más dudas que antes. Regresa a los 10 minutos con una sonrisa de oreja a oreja. Al fin sonreímos. Tenemos un hueco donde plantar la tienda. Haciendo gala de la mayor hospitalidad que nos hemos encontrado en lo que va de viaje, nos guía hasta nuestra plaza, donde sin demora empezamos a montar la tienda.

El Curry Verde
Esperando para conseguir mesa en El Curry Verde.

Con las maletas libres de ropa, decidimos cargar todos los bártulos de la moto en los huecos recién liberados y salir a pasear por la noche de Hondarribia. Noemí se muere por probar un restaurante vegano del centro de la ciudad, y hacia allí nos encaminamos. Sentados en la terraza del Curry Verde, con una copa de vino blanco, vemos como se apaga poco a poco la noche. Finalmente las cosas han salido mejor de lo que esperábamos y es en estas ocasiones, cuando recordamos las sabias palabras del gran Charly Sinewan: “Todo va a salir bien”.

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