Casi no puedo abrir mis ojos y cuando lo hago, no acabo de ver del todo bien. Me toco la cara y la noto hinchadísima. ¿Qué ha pasado esta noche? Alberto se queda mirándome un tanto perplejo y reafirma mi teoría: sí, tengo los ojos que parecen dos pelotas de tenis. Me incorporo dentro de nuestra minúscula tienda e intento pensar en qué podrá ser. Busco en Google, la herramienta preferida del hipocondríaco, “levantarse cara hinchada” y me aparecen unos resultados cuanto menos acojonantes. Mejor dejarlo estar y esperar a que todo vuelva a su sitio.

Desayunamos en nuestra pequeña parcela en el camping Jaizkibel. No es una maravilla de lugar, ni mucho menos. Es un camping, como cualquier otro. Pero anoche, con la espesa niebla y la luz cayendo, no supimos qué hacer y nos decantamos por quedarnos un par de noches en este pequeño rinconcito a las afueras de Hondarribia. Nuestra parcela era una broma y las irregularidades del terreno hicieron que durmiésemos mal y sin poder ponerle remedio. Pero una ducha es una ducha, ¿verdad? Agua caliente cayendo por tu sucio cuerpo que ya necesita una higiene más allá de las toallitas húmedas. Qué bien sienta, cuando consigues encontrar la única ducha de agua caliente de todo el camping antes que la pobre alemana semidesnuda. Me arreglé con calma y salimos a pasear por el maravilloso pueblo de Hondarribia. Considerada una de las ciudades más bonitas del País Vasco, Hondarribia parece sacada de la imaginación y de los sueños de personas que, como nosotros, nunca habíamos visitado el norte de España. Es tal y como la dibujarías: casitas de madera con balcones muy altos llenos de hortensias, camelias y azaleas, con sus paredes pintadas de colores y sus tejados picudos marrón oscuro. Calles mayoritariamente anchas que desembocan una y otra vez en grandes plazas y paseos marítimos, en rincones folklóricos y carteles que piden el acercamiento de presos.

Nada más llegar al centro de Hondarribia me adentro en un pequeño local para comprar agua. Una mujer muy mayor ni tan siquiera se ha dado cuenta de mi presencia. Sigue haciendo su familiar inventario de latas de conserva y refrescos variados. Entra otra persona, y otra, y otra… Hasta que, de repente, se percata de todos los que estábamos allí, atentos a su infinita lista de la compra. En un minuto nos atiende a todos y, cuando estoy a punto de irme, a punto de igualar la entonación del “Agur” que acababa de escuchar, la mujer mayor contesta con una serie de palabras que me dejan atónita. “Eskerrik Asko”. Mi gozo en un pozo. Decido sonreír y vocalizar mi “Gracias, hasta luego”. Cuando salgo de la tienda voy directa a mi diccionario: Alberto.

– Quería decirle a la mujer “Agur” pero he escuchado que soltaba toda una parrafada que no he entendido. Al final, no he dicho nada. Era algo así como “Esk…Ko…”

– Eskerrik Asko. Significa, “muchas gracias”. – me contesta Alberto.

Todos los rincones de Hondarribia los bañé de intentos para pronunciar dicha composición de palabras. Estábamos delante de las aguas atlánticas que bañan la costa, y yo seguía con mis intentos. Fuimos a comer a un kebab y seguía con mi memorización. Hasta que a Alberto, un poco hasta los huevos de escucharme, me ayuda.

– A ver, di “Es”.

– Es. – contesto.

– Kerri.

– Kerri.

– Kasko.

– Kasko.

– Vale, ahora todo junto. Es+Kerri+Kasko

– Eskerrikasko.

¡Sí! Lo conseguí. Voy a llorar. Así que, cada sitio que pisamos, lo bañé de “Eskerrikasko”. Everywhere.

Cansados de pasear por Hondarribia y descubriendo que la ciudad se puede visitar fácilmente en un día, decidimos poner rumbo a San Sebastián. Una carretera de curvas nos regala unos paisajes imborrables. Acantilados y océano, verde y azul, un horizonte difuminado por el agua del mar y el asfalto, rugoso y oscuro, que zigzaguea por toda la montaña. Es alucinante.

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San Sebastián nos espera a media hora de Hondarribia por carreteras perdidas. Cuando llegamos, nos encontramos con una ciudad abarrotada de gente. Agobiante. En pleno Agosto, los turistas se aglomeran en los puntos de interés de la ciudad: la playa de la Concha, la Catedral de Buen Pastor, la parte vieja de la ciudad y los bares de pintxos y txakolí. Llegamos tarde y cansados. No era el mejor anticipo para conocer la ciudad, sinceramente. Paseamos por la preciosa playa que baña la ciudad viendo a surfistas y furgonetas tuneadas. Y abdominales. Y neopreno. Y abdominales enfundados en neopreno.

Eran las 20:00hs y ya queríamos cenar. “Parecemos guiris”, me dijo Alberto. Es posible. Fuimos por todos los rincones buscando un sitio barato y que tuviesen algo vegetariano y nos adentramos en el lugar idílico, “La Vaca“. Claro que sí. Allí seguro que tendrían hamburguesas de tofu y chorizo de seitán. Nos pedimos unos bocadillos de tortilla de patata viendo el elevadísimo precio de las ensaladas elaboradas con sangre de unicornio por lo menos.

Con el estómago lleno, nos dirigimos a los Peines del Viento. Estaba atardeciendo, así que disfrutaríamos de un paisaje único y realizaríamos unas fotos increíbles para nuestra página de Facebook. Meeeec, error. Una valla metálica nos impide el paso. Los Peines del Viento están cerrados por obras. Así que, indignados, cogemos la moto y nos dirigimos nuevamente al camping.

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Cuando nos metemos en la tienda de campaña, me empieza a doler la cabeza. Siento como la sangre se concentra en mis ojos, mi frente y mis orejas. No entiendo nada. Me vuelvo a tumbar y lo mismo. Hasta que, de repente, se me ilumina la única neurona que parece trabajar en mi cabeza. El desnivel. Exacto, la “maravillosa” parcela que teníamos estaba totalmente desnivelada hacia abajo. Por lo tanto, la cabeza nos quedaba por debajo de los pies. ¡Por eso me había levantado con la cara tan hinchada!

Las 23:00hs y nosotros con la linterna del Iphone intentando cambiar la tienda de campaña de sitio. Qué dura es la vida del campista.

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