A través de la visera, se abría una carretera perfectamente recta y centrada, en mitad de un banco de agua y cielo que se perdía por el horizonte. El cielo se reflejaba en el agua, y en cierto modo, el agua en el cielo. Y así, una fusión cuya línea media se desvanecía, creando un adictivo paisaje que no podías dejar de mirar.

Un movimiento brusco en la moto me hizo estremecer y vi como Alberto centraba su atención en el asfalto. No tenía ganas de saborear el suelo veneciano, sinceramente. En mitad de mi carril, había una enorme línea dedicada al tranvía y, cada vez que la rueda de Meridian tocaba ese trozo de metal, nos desequilibrábamos.

Venecia cada vez estaba más cerca y yo, cada vez más ansiosa. De repente, llegamos a un enorme, inmenso y caótico parking para motos. Estaban tan pegadas las unas a las otras que resultaba imposible tanto entrar como salir. Por un momento, pensé en los futuros motoristas que quieran sacar su pequeña scooter o su gran trail de ese nido de motores. Físicamente sería imposible. Por eso, y por mi afán de reírme un rato, me quedé parada como una estúpida mirando ese océano de motos y esperando a que algún guiri demostrara su frustración, como una película de comedia, solo que en directo. Y sin palomitas.

El momento no tardó en llegar. En mi interior, una voz maligna se reía a carcajadas mientras intentaba controlar mi expresión facial y sobre todo, mi impaciencia. El guiri se acercó y su cara fue cambiando a medida que se adentraba en ese parking caótico de las 10 de la mañana. El cambio gradual fue tremendo. Era ese momento en que hubiese sido mejor que las cosas sucediesen a cámara lenta.

Algo así era la cara del guiri.
Algo así era la cara del guiri.

Al final, el guiri se quedó mirando su moto y mirando a su alrededor, sabiendo que la física le estaba jodiendo el día. Bueno, la física y las más de 100 motos que estaban a su alrededor. Me aburrí de tanta frustración. Aparcamos la moto fuera del parking y nos dispusimos a visitar Venecia de un modo muy especial.

El caos en esta ciudad italiana es palpable, sobre todo a finales de Agosto. Siempre hay gente. Si eres un antisocial, lo pasarás mal. Si eres un psicópata, será tu sueño hecho realidad. Si eres como yo, una persona psicológicamente del montón – de los locos-, Venecia será, a priori, como un parque de atracciones. La estación de tren de Venecia es lo primero que encuentras, vengas de donde vengas. Es el punto de encuentro de todo el mundo y donde toda la especie humanoide se refleja en esos anchos metros. Desde japoneses haciendo fotos a la estación más fea que han visto en su vida, hasta un tío vestido de torero con los huevos apretados y con un séquito de amigos borrachos a las 10 de la mañana de un sábado. Sí lector, en Venecia se celebran despedidas de soltero igual o peor que aquí en España. El sentido del ridículo de los italianos se esfuma por completo cuando llevan unos cubalitros de más.

Pasó por mi lado una rusa de cuerpo esbelto que sobresalía por el vestido tan extremadamente estrecho que llevaba. Los tacones de 14 centímetros le facilitarían la caminata por los adoquines que visten a esta hermosa ciudad. Al mismo tiempo, unas mochilas andantes pasaron por su lado, mientras comían un McPollo. Era la primera vez que veía mochilas comiendo, pero en Venecia todo es posible. Una ciudad preparada para cualquier tipo de turista o viajero, independientemente de su nivel adquisitivo. Si eres igual de pobre que yo, te compadezco; pero debes tener presente que en esta ciudad te pueden timar. Y mucho.

Venecia-014

Crucé mi primer puente de los ochocientos que vendrían después. Lo único complicado que tiene Venecia es, que si quieres cruzar de una calle a otra, tiene que ser a través de un puente. O a nado. Pero te recomiendo el puente mejor. ¿Eso qué significa? Que vas buscando puentes como un loco cuando te encuentras con la tienda de tus sueños o con un increíble olor a pizza recién horneada, que luego descubres que te cuesta 30€ y vuelves a cruzar el puente, huyendo a toda prisa, sin mirar atrás.

Siguiendo con la temática de los puentes, en Venecia, existe un puente especialmente famoso: el Ponte delle Tette o Puente de la Teta en castellano. En el siglo XVI, las prostitutas enseñaban sus senos en este lugar para atraer a nuevos clientes potenciales. Pero lo que se desconoce, es que estaba potenciado por el gobierno para evitar la homosexualidad. El Rialto Carampane era uno de los barrios rojos de Venecia de aquella época, donde se podrían encontrar cortesanas que ofrecían sus servicios por diferentes precios. En 1509 un escritor estimó que vivían 11.565 cortesanas en la ciudad. Pero entre ellas, existía una especialmente demandada. Se llamaba Verónica Franco, una trabajadora sexual que luchó por la aceptación de sus derechos y por su trabajo como poetisa y escritora. Su éxito vino de la mano del Duque de Mantua, quien quedó realmente asombrado por su atractivo y sobre todo, por su inteligencia. A raíz de ese encuentro, Verónica empezó a frecuentar los locales más lujosos de la ciudad y a conocer cada vez a más hombres importantes, entre ellos, a Enrique III (rey de Francia). En 1580 fue denunciada al Santo Oficio por ser poco religiosa y engañar a sus clientes. Fue en aquella época cuando las cortesanas se empezaron a ver con malos ojos y se trataron como meras prostitutas. Verónica dejó todo su trabajo a un lado y no se supo nada sobre ella. Algunos creen que se mudó a los barrios más pobres de la ciudad a ejercer la prostitución. Otros, que vivía en alguna mansión alejada.

TextoDestacadoVeneciaSex

En Venecia todavía se puede encontrar el Palazzo Merati donde pasaron una buena noche muchas mujeres. Actualmente está cerrado al público pero en ocasiones, realizan itinerarios en su interior. Siguiendo con las aventuras de este conquistador, se dice que en una de las callejuelas que desembocan en la Piazza San Marcos, Casanova tuvo su primera relación sexual con 12 años. Aunque su corazón estuvo siempre enamorado de una mujer francesa casada, se dice que Giacomo estuvo con más de 100 mujeres, a quienes trataba como auténticas diosas. Se considera uno de los primeros feministas ya que, durante las relaciones sexuales, Casanova se esforzaba para que la mujer tuviese tanto placer como él; algo muy inusual en aquella época – y en la actual-. No le gustaba la violencia en el sexo pero aceptaba el incesto, llegando a mantener relaciones con su hija, Leonilda, y con la madre de la misma, a la vez. En Venecia, la represión sexual que azotaba a Europa no se manifestó y en muchas ocasiones no se sabía quién era el padre de los niños que nacían. Se vivía en un ambiente de tolerancia y pasión, donde adulterio, incesto y prácticas no convencionales estaban a la orden del día. Casanova fue condenado a cinco años de prisión por su afición al juego, a los trucos de magia y por la publicación de unos sonetos satíricos considerados demasiado licenciosos. Estuvo encerrado en el Palazzo Ducale, famoso en Venecia por el Ponti dei Sospiri (Puente de los Suspiros), y al cabo de tres años protagonizó una huída épica.

(Continuará…)

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