#1

Es complicado escribir este post. Siempre pensé que me sentaría, empezaría a teclear y las palabras nacerían como por arte de magia. Parece ser que no es así. En mi interior, hay una mezcla de sentimientos no determinados, imposibles de clasificar. Pero en parte, este artículo lo escribo para mi “yo” del mañana, de ese futuro incierto, inexistente. Lo escribo para que nunca se me olvide por lo que estoy luchando y lo difícil que está siendo. Porque seguramente, cuando todo se consiga – que se conseguirá-, cuando alcancemos la meta y empecemos esta vuelta al mundo en moto tan esperada, cuando ese maldito momento llegue; se me olvidará todo. Todo. El sufrimiento, la paciencia, la desesperación y la impotencia, la inseguridad y las lágrimas. Que caí, que me levanté y, por idiota, volví a caer. Que luché contra las paredes más elevadas, que me tomaron el pelo, que aprendí de ello y que la experiencia la he adquirido a base de vivir, no de sobrevivir.

Me siento impotente y a la misma vez con esa pizca de rabia que lleva directamente al hígado. Y no sé por qué, cuando me siento así, solo quiero decir palabrotas. Es divertido verme por casa gritando: “Me cago en la puta, hostia ya joder, ¿qué no me va a salir a mí esto? ¡y una mierda! por mis santos ovarios que me voy, por mi coño que cojo la moto y me voy a tomar por culo, hostia.” Lo curioso es que siempre es el mismo discurso. El mismo tono. Y la misma debilidad por ciertas palabrotas tan llenas de magia, amor y felicidad. Es mi maravillosa forma de canalizar toda la energía negativa, o toda la energía, sin más.

#2

Entro en Facebook y veo mogollones de selfies con frases tan profundas como: “Persigue tus sueños” o “Lucha y lo lograrás”. ¡Qué bonita es la vida! Lo más curioso es que la mayoría de estas personas ni tan siquiera han arriesgado. Nada. En su vida. Porque si hay algo de lo que me doy cuenta es del recelo que la sociedad tiene cuando decides dejarlo todo y apostar. O mejor, apostarlo todo y decidir. Te sorprendería la cantidad de veces que hemos ido a las empresas y, obviamente, nos preguntan cuánto tiempo vamos a estar con este proyecto. Al principio solíamos decir: “No tenemos fecha de retorno”. Eso queda genial en una película de viajes, como eslogan de cualquier proyecto o como paja mental. Pero a las empresas no les gusta nada, en absoluto. Quieren fechas. Así que optamos por la estrategia de: “La primera etapa tenemos previsión de realizarla en 8 meses”. Y dirás, “¿8 meses? ¡Ni que fuesen andando! Que para llegar de Turquía a Bali con 1 o 2 meses se hace perfectamente”. Ya, sí, tienes razón. Pero yo no viajo para ponerme el pin del ego y predicar a los cuatro vientos que me adoréis porque he sido el/la primer/a en hacer algo glorioso -y tú no-. Viajo por puro egoísmo y puro altruismo al mismo tiempo. Viajo para crecer, para madurar, para ir cerrando esta maldita post-adolescencia veinteañera que te deja el cerebro frito, deshidratado, desanimado. Viajo porque si me quedo en esta sociedad acabaré anulada y ni tan siquiera recordaré el por qué de las cosas. Viajo porque me apasionan las palabras, distribuirlas, diseñarlas y retratarlas, para que tú puedas leer todo lo que pasa por mi mente; que podamos ser uno entre un millón, tú y yo. Viajo porque mi alma busca algo que no he podido encontrar, algo que solo me da el calor del sol y el viento en mi pecho, el calor de un motor entre mis piernas y la conexión sucesiva de curvas y asfalto. De qué coño sirve si viajo y no te puedo llevar conmigo, hacerte vibrar y sentir. Vivir. Viajo porque ese tic-tac sigue sonando en mi interior. Tic. Tac.

Tic.

Tac.

#3

Alberto me dice que el viaje ya ha empezado. “Pues yo sigo encerrada en estas cuatro paredes de la habitación”, pensaba. Cuando aprobé el carnet de moto, llegué a casa y me tumbé en la cama. Me aterroricé. Un miedo persiguió toda mi espina dorsal; mis músculos y mis venas temblaban. En ese momento supe que estaba inmersa en el viaje. El viaje de mi vida. Había conseguido cerrar una pequeña etapa que me llevaría un paso más allá, que me haría estar más cerquita de mi sueño. Esa sensación es tan impresionante, que es imposible describirla con palabras. Pero sentí miedo. Y fue emocionante. En ese momento entendí que debía aprender mucho más antes de partir. Aprender a ser paciente, a ser constante, a madurar y a adquirir la experiencia necesaria para volar. Aunque sobre todo me está enseñando algo que jamás habría pensado: el amor. Ese sentimiento que te llega de tan lejos, de gente que ni tan siquiera conoces, ni has visto en tu vida. Ese amor, tan adictivo, tan intenso, que tú me das. Amor cuando estoy flaqueando y me apoyas con tus palabras, tus mensajes, tus “me gusta” o tus menciones. A pesar de que sea en un mundo virtual, sigue siendo real. Sigue siendo eso, amor. Antes de empezar este proyecto no tenía ninguna fe en la humanidad, ni en el ser humano y menos en la sociedad. Pero, ¿sabes?, me estás enseñando la bondad. Y eso, ya merece.

Esto no es un “viaje más”. Estás siendo consciente de ver crecer un sueño, de ver cómo dos personas aprenden y cómo un proyecto tan sumamente ambicioso va tomando forma. Eres parte de esto, una parte enorme y muy importante. Quiero que eso lo tengas siempre, siempre presente. A tu “yo” del futuro le digo, que recuerde cómo empezó todo, que viste a una pareja ilusionada que lo dejó todo para ir a por sus sueños. Y que tú eres un cachito de este sueño, que vienes con nosotros. Así que perdóname si no puedo hacer nada más que seguir luchando. Perdona si no te puedo dar una fecha exacta de cuándo nos vamos a ir o con qué moto. Lo único que sé con certeza es que nos iremos. Tú y yo. Lo vamos a conseguir.

#4

Y correr. Y dejarlo todo atrás. Zambullirme en un mar profundo de sueños y no volver a respirar jamás. Verme en ese desfiladero, en ese barranco, en el maldito límite entre la vida y el qué dirán. Sentir la agonía de un día más en mi garganta sin saber a qué hora amanecen las verdades. Mirar el reloj roto de mi muñeca y olvidarme de ser, de existir, de estar. Fluir. Tropezarme con sonrisas escondidas en rostros desconocidos por los rincones de este redondo pago a plazos llamado mundo.

Acércate, casi te puedo tocar.

#5

Es curioso cómo una persona evoluciona a lo largo de su vida. Me pregunto cuándo dejas de hacerlo y no, la muerte no es una respuesta válida. Me pongo las zapatillas y salgo a caminar, mientras dejo atrás todo un mundo rutinario, organizado, marchito y sodomizado. Y tú estás en él. ¿Sabes? Hace años atrás no me importaba una mierda. Mi rutina de “gimnasio – trabajo – estudios – sexo y masturbaciones” no era algo que me asfixiara. Por suerte, me di cuenta. Vivía, con la soga atada al cuello, lentamente tensada. Vivía, con la delicada certeza de que un día tropezaría con la realidad y la soga cumpliría su función. Y moriría. Cómo la sociedad te destruye, te desnutre para luego ofrecerte las migajas de pan siguiendo tu futurible camino. Ese camino que te lleva a la tumba pasando por las etapas de tu vida. Y cuando llegas, cuando notas el frío del hielo en tus venas, los dedos fustigados que emergen de tu interior abrasados, cuando tus pupilas dejan de respirar y tus pensamientos dejan de ver, en ese maldito momento; la vida se transforma. Y, estoy segura que te planteas tantas cosas como nunca te hubieses imaginado. De repente, ese escondido, torturado, sosegado interrogante: “¿He hecho todo lo que  me gustaría?” o “¿Me arrepiento de algo?“. Ves como el soplo de la única oportunidad se esfuma, lo ves, como un espeso humo saliendo de tu interior y gritas, gritas con todas tus fuerzas pero estás solo. No hay nadie. No hay nada. Solo tus “quizás”, tus “y si”, tus “jamás”. Te pudrirás en un viejo ataúd de pino, económico, oscuro, húmedo.

Merece la pena solo con intentarlo, para evitar el arrepentimiento y sentir cómo la muerte invade tu cuerpo lleno de emociones, pasiones, sueños, arañazos, golpes y amputaciones; un ser capaz de aceptar que se acabó lo que se daba y que debemos regresar, de donde provenimos.

IG2

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