No existe un manual de la vida, por suerte. Si lo tuviésemos, la vida sería sumamente aburrida. Quizás exista el destino. Quizás el abismo que vemos a medida que pasan los años, sea sólo producto de nuestra imaginación. Quizás no exista el “quizás” y simplemente lo hayamos inventado para ser más dubitativos. Algo que por naturaleza, ya somos.

El otro día un chico me dio una respuesta muy curiosa y mantuvimos un extraño diálogo virtual de lo más filosófico. Todo vino a raíz de la idea de dar la vuelta al mundo en moto. Le costó creérselo. Y a continuación me dijo: “Yo siempre tengo dudas, sino no sería humano”. A lo que mi respuesta fue: “A veces hay que ser más animal en la vida”. Eso me hizo replantearme aún más toda nuestra existencia como personas y como seres, en principio, racionales. Tenemos la capacidad de hacer cosas majestuosas, mágicas, sublimes, y simplemente las dejamos a un lado porque la vida ya está bien como está. Te invito a que reflexiones sobre ello, a que descubras en tu interior más oculto ese muro de piedras que no te dejan divisar la luz. Es complicado hacer este ejercicio y te llevará muchos días. Tantos, que algunos se pasan toda la vida reflexionando sobre ello sin apartar las piedras y disfrutar de la luz. Yo decidí hacerlo y todavía estoy muerta de miedo. Cada piedra que retiras es un paso en contra de la sociedad, y créeme, eso se paga caro.

¿Por qué te levantas cada mañana y decides hacer lo que te has organizado? Promover tu rutina día tras día, alimentar el sedentario “yo” que dejas cada vez más y más liberado. Seamos díscolos y quitémonos el bozal que llevamos irremediablemente puesto.

Dar la vuelta al mundo en moto surge de un sentimiento muy profundo en mi interior: querer largarme de este país de cualquier modo. Llámalo escaparme o liberarme, huir o volar. Me da igual la etiqueta que se ponga. Con 22 años la sociedad no cree en mí. Ni en mí ni en cualquier joven capacitado para levantar un país de mierda al que estamos condenados a sobrevivir. Jóvenes que estudian carreras universitarias, máster, incluso doctorados y se ven obligados a emigrar porque su sociedad no tiene un hueco para ellos. Y eso, sienta muy mal. Te encuentras en un mundo donde no hay espacio para ti. No hay un trabajo digno por el cual te has cualificado, pero sin embargo, te obligan a marcharte de casa y ser independiente, para poder madurar y convertirte en la mayor estafa y mentira de todas: un ser adulto. Alguien a quien, de repente, se le achacan responsabilidades y obligaciones sin venir a cuento. ¿Te acuerdas ese momento en que te convertiste en un “adulto”? Yo sí, y meses más tarde pasé por la peor época de mi vida con una crisis de ansiedad horrible. Todo tiene un precio, amigos. Eso lo aprendes a medida que la vida te va decepcionando. Ahora bien, ¿qué vida?

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Foto por Alberto López de Two and the Road

Ese período fue un punto de inflexión en mí y decidí vivir mi vida, intentando esquivar los constantes “por qué” que se avecinaban. Dar la vuelta al mundo es mi vía de escape, pero no tiene el por qué ser la tuya. Debe ser algo que realmente te haga feliz.

El por qué de que estés leyendo este artículo no lo sé. Seguramente te hayas topado con él por casualidad, quizás por el destino, quizás por el quizás. Pero si hay algo que sé, es el por qué de las cosas. Por qué sonreímos. Por qué vivimos. Por qué respiramos. Por qué somos seres humanos. El por qué de las cosas es ese tic tac apresurado resonando en tu pecho, esa fuerza interior que la concibes de forma inconsciente y que se diverge de tu cuerpo. El por qué de las cosas está en ti y en tu capacidad de ser quien quieras ser. En luchar contra todo pronóstico, en ser el capitán y no abandonar el barco aunque se hunda. Estar ahí, sonriendo y demostrando que el por qué de las cosas es el por qué de tu persona. Y el por qué de ti mismo, sólo lo encuentras si cierras los ojos. Un mundo negro, oscuro, vacío; necesitado de alguien que haga de tu mundo algo mejor. Y ese, eres tú.

Si muriese ahora mismo, no tendría miedo. Afligida en el deseo de zarpar, contrarreloj, siguiendo un único rumbo: ese tic-tac resonante en mi pecho. Sintiendo el Norte de mi por qué.

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