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Seguridad. Qué palabra tan extraña, ¿verdad?

¿Qué piensas cuando piensas en seguridad? o mejor, ¿qué sientes cuando sientes seguridad? Tetrasílaba llena de paz que sólo con pensar en ella se te derrite el cerebro, por nombrar una parte del cuerpo al azar. No te conozco, pero quizás sueñas con tenerla y poseerla. ¿Sabes? Si quieres te doy mi parte y puedes tener extra de seguridad. Así tendrías una vida asegurada con un piso hipotecado y te “aseguras” de que será tuyo, con una familia que te “asegura” que tu árbol genealógico tendrá más ramitas. Un seguro que te asegura, un trabajo que te asegura tu economía y una economía que te asegura felicidad.

Seguridad. Qué hipocresía.

Cuando la idea de dar la vuelta al mundo se instaló en la cabecita de Alberto y más tarde, en la mía, tuve un conflicto interno: “Mierda, ¿qué será de todo mi futuro?”. Era una persona extremadamente planificadora, controladora y organizadora. Me ponía muy nerviosa si, en mi cerrado horario, aparecía un imprevisto que me descuadraba toda la agenda. Ya me había jodido todo el día. Por lo tanto, mi vida estaba planificada al milímetro: casarme a los 27-28 años; tener hijos a los 30-33 años, cuando mi carrera profesional estuviese estable en alguna oficina de redacción de alguna importante revista. Mi piso sería de alquiler, ni muy grande ni muy pequeño; acogedor. Tendría un perro, un Golden o un Border Collie. Los domingos comería palomitas en el sofá después de una larga jornada en familia por la montaña. Los martes, cine. Miércoles, ¡qué coño!, miércoles sexo descontrolado. A las 23hs. En la cama. Con las sábanas estampadas que tanto me gustan. Yo encima. Y así, hasta mi muerte. ¡Qué vida tan intensa y feliz habría vivido! Tan controlada y planificada, sin ningún imprevisto que me jodiese el día. Sin ningún contratiempo que me hiciese amar el tiempo, el destino, la vida.

Imagina el momento en que me planteo dar la vuelta al mundo en moto. ¡¿Estamos locos?! Se escapa fuera de mi control. No puedo controlar el riesgo, ni los obstáculos, ni el dinero, ni el confort, ni las sábanas, ni el sexo. No tengo una seguridad en mi vida. No es fácil, en absoluto. Me costó un esfuerzo excesivo comprenderlo.

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Seguridad, ¿seguridad?. ¡JA! Menuda burla de la sociedad. La seguridad no existe al igual que la inseguridad. No está, es todo humo. Una espesa niebla que nos envuelve y nos limita a esas pequeñas cosas que nos hacen felices o mejor, sentirnos seguros. ¡Adivina quién vende esta sensación falsa! Exacto, la sociedad. Desde que naciste, querido lector, tu vida ya estaba resuelta. Qué mierda importa que quieras ser artista. Debes asegurarte una familia y por ello debes tener una carrera decente, joder.

Nace.
Crece.
Limita tus pensamientos anti-sociedad.
Búscate una novia.
Cásate con ella.
Ten hijos.
Trabajo estable.
Cómprate un coche.
Una casa.
Un televisor de plasma a plazos.
Dolby-Surround extra potente.
Educa a tu hijo.
Incúlcale los ideales sociales.
Despídele.
Jubílate.
Haz todo lo que siempre deseaste ahora que eres viejo y estás hecho una mierda.
Enferma.
Muere.

Y esta vida, se repite una y otra vez. ¡Ojo! No estoy en contra de ello. En absoluto. Si te hace realmente feliz esa vida, ¡adelante! Pero piensa en ti mismo, en cuando eras un infante o estabas en la adolescencia masturbándote como un mono: “Qué es aquello que te hace REALMENTE feliz v.s Qué es aquello que te da seguridad”. Difícil, ¿no? La seguridad no existe. Nunca tendrás nada tuyo, ni tú mismo te posees. En cualquier momento, la vida decide parar y te vas a tomar por culo. Lo único que verdaderamente está asegurado es la muerte. Y ni tan siquiera eso, porque no conocemos nada sobre ella.

Dar la vuelta al mundo es una locura. Muy grande. Muy jodida. Lo sé. Explicárselo a la familia no fue fácil y sigue siendo todo un mundo quitarle ese disgusto a mi abuela. La nieta del éxito, la periodista incansable que empezó su carrera profesional cuando entró por la universidad. Y ahora, ¿¿y ahora?? Una locuela que se va a dar la vuelta al mundo en moto… ¡en moto! Cuánta inseguridad hay detrás de estas calles, paisajes, fronteras, países. Recuerdo las palabras de mi abuela y su mirada, decepcionada y preocupada a la vez. Y todavía se me llenan los ojos de lágrimas cuando mi abuelo me cogió la mano y me dijo: “Mira, te voy a dar un buen salchichón del pueblo y 500€ para que te vayas.”

Romper con la seguridad es difícil, lector. Pero debes hacerlo. Vivirás la vida de un modo tan diferente, tan intensamente y tan acontracorriente, que merecerá la pena volver a repetirla una y otra vez. Serás libre, con el salchichón del pueblo que podremos compartir en mitad de la nada, llenos de barro y mascando polvo, con las manos sucias. Serás tú mismo, con todo lo que ello conlleva, tomando decisiones por ti mismo. Muchas de ellas se limitarán a: ¿izquierda o derecha?

Que se joda la seguridad. Empieza de cero. Tú, yo, miles de personas más y el mundo. Comer. Beber. Sentir. Disfrutar. Amar. Odiar. Experimentar. Sábanas grises, blancas, rosas, azules, marrones, negras, estampadas, lisas, cerdas, limpias, calientes, frías. Sin sábanas. Saco de dormir húmedo y pegajoso, que camina solo después de acoger tu olor. Dos frenos. Gas. Embrague. Aire. Frescor. Calor. Sexo en África, Asia, Oceanía, América del Norte, América del Sur. Arriba, abajo, de lado, de pie, al revés, pino puente. Me da igual. Cógeme de la mano, que le jodan a la seguridad y vente conmigo. A ser feliz.

Fotografía por Alberto Frost
Fotografía por Alberto Frost

 

A Beatriz Salcedo, para que disfrute

del cambio que ha iniciado y
sea libre en cuerpo, alma y mente.
A Clara Esparza y a su espíritu, por
ser la inspiración principal para
este artículo. Gracias por tu
intensa rebeldía y firme coraje.

 

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