A 55 días, 10 horas y 4 minutos de la vuelta al mundo en moto. 

Soy de las que miran debajo de la cama o cierran las puertas del armario porque una vez me contaron la historia de un monstruo satánico que te secuestra. Soy de las que apagan las luces y empiezan a correr hacia la habitación cuando están solas en casa. De las que no pueden ver películas de terror y si las ven, es con la mitad de la cara tapada con una manta. Soy de las que cuando escuchan un ruido se cubren y piensan que existe una dimensión paralela entre el colchón y el edredón que nos protege del exterior. Tengo una fobia que se llama ligirofobia y me dan pánico todos los estruendos, desde los globos estallando hasta los petardos, los truenos y las explosiones. Incluso una botella de cava descorchándose me da miedo. Ahora es cuando de repente, con todo esto en tu interior, viene alguien y te llama valiente por irte a dar la vuelta al mundo en moto. Y te entra la risa floja.

Recuerdo las palabras de Polo Arnaiz, de Con Polo a Cuestas:

– Hasta que no compres el billete de avión o reserves el ferry no te creerás el viaje. Debes ponerle una fecha de salida.

Me voy el 10 de mayo. Y me tiembla el alma cada vez que lo pienso. Porque ahora sí, me imagino en el puerto de Barcelona, despidiéndome de mi madre, abrazándola con todas mis fuerzas y diciéndole adiós. Adiós. No sé cuándo volveré. Y se mezclan muchos sentimientos en mi interior. Quizás cuando llegue el día no es para tanto. Quizás es para más. De repente, delante de ti, a partir de las 22:20hs del 10 de mayo, se abre la nada. La nada, el vacío. Esa página en blanco de un diario lleno de borrones y tachones. Siempre he sido excesivamente planificadora y calculadora. Puedes imaginar el reto que supone esto para mí. Es más, parece que sea algo que tenga que hablar con todo el mundo. Busco la excusa con cualquier viajero para poder explicarle mis tantos miedos. Y por eso estás aquí – voluntariamente, que conste – leyendo mis palabras escritas en una noche de insomnio.

Todavía no me lo puedo creer. No puedo, no sé. Es tan real que me cuesta concebirlo. Vives en tu interior un millón de sensaciones únicas, como cuando nos íbamos de excursión con el colegio o de fin de curso con el instituto. Esa probeta llena de ilusiones y miedos a partes iguales, intentando buscar el punto exacto para que no haga ¡pum! y te quedes con toda la cara negra y los pelos hacia arriba. ¿Es esto normal? La mayoría de los viajeros con los que hablo últimamente me dicen que sí. No me consuela y es una mierda. Supongo que este período tenemos que pasarlo todos cuando decidimos embarcarnos en un viaje sin fecha de retorno. Es vertiginoso. Pero adictivo.

No me da miedo decir que tengo miedo. Es curioso. Me hace sentir valiente. Tampoco me siento una fracasada cuando digo que he fracasado con este proyecto en varias ocasiones. Ojalá tuviese la capacidad de explicarte todo lo que hay en mí. De cogerte la mano, ponerla en mi pecho y decirte: “Siente“. Un corazón latente, feliz, lleno de curiosidad, ilusión e intriga, de añoranza y de saudade; de vida.

Si realmente hago un acto de sinceridad conmigo misma, sé que el viaje se ha atrasado tanto por el miedo. Es cierto que no tenemos ni un euro y que empezaremos con un presupuesto muy, muy bajo. Pero en el fondo, me aterrorizaba no tener esa seguridad monetaria. Saber que no te va a faltar nada, que vas a estar cada noche en un hotel y que vas a comer bien. Que en cualquier momento puedes comprar un billete de vuelta y abrazar a la familia. Y, hasta hace poco, no me di cuenta de todo lo que sacrificaba con esa seguridad: el contacto directo con la gente, la comida callejera y los mercados, las noches de acampada con un fuego calentando mis pies, los desayunos de avena y las cenas de avena (quizás alguna comida de avena también), buscarme la vida y ser realmente creativa. Pero sobre todo, la presión por hacer un gran trabajo para poder seguir con el viaje y vivir de esto. Ahora que lo he arriesgado todo y que voy a vivir la aventura, hay una parte de mi mente que me retiene y me paraliza. A esa fracción, le debemos caso omiso.

Anoche hablaba con Guada Araoz, de Hasta Pronto Catalina. Realmente se está convirtiendo en una persona muy importante para mí. Hablábamos de la vida y de los miedos, mientras Alberto intentaba arreglar su Iphone a las 2 de la madrugada. Y si hay algo que siento es la fluidez. Como todo mi cuerpo se está convirtiendo en agua para empezar a moverse, a dejarse llevar, a abrazar las rocas y a disfrutar de las cascadas. Darme cuenta de que los miedos se mojan con la lluvia, que las penas se caen con las lágrimas. Ver que todo esto sin saliva no resbala y que no hace falta ser especial para escupir. Y perdona la última metáfora, pero pocas opciones me quedaban con el agua.

El agua no tiene miedo a conocer rincones, a dar vida, a dejarse ser. A ser yo.

Fluye.

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De esta fotografía hará 5 años. Fue la primera sesión de fotos con Alberto cuando todavía éramos solo amigos y ambos teníamos nuestras respectivas parejas. Fue un flechazo y, a partir de aquí, surgió todo. Me dejé llevar. Y me enamoré del hombre más increíble de este mundo que ahora forma parte de mí. Ya habréis deducido que esta fotografía es muy especial y me trae unos recuerdos muy duros pero maravillosos.
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