Existe un momento en nuestras vidas en que nos planteamos cosas, entre ellas ser o no motero. Para mí es una de las decisiones más complejas que podemos tomar. Y en ese momento me encuentro actualmente. Seguramente lo veréis muy sencillo y simplemente me digáis: “¡Cómprate una moto y listo!”. Pero las cosas van mucho más allá.

Una moto no es simplemente un vehículo cualquiera. Estamos constantemente escuchando frases del tipo: “¿Una moto? Pero si eso es lo más peligroso que hay”, “a mí no me gustaría que llevaras moto”, “no tienes protección, tú eres el chasis” o “las motos son invisibles y no te ven”. Frases que alimentan nuestras inseguridades como personas y sobre todo como futuros moteros. Cuando hablas con la familia y ves la cara de pánico y susto que reflejan, se te quitan todas las ganas de tener una. Porque si hay algo que la sociedad ha hecho muy, pero que muy bien, es meternos miedo en el cuerpo, sea el que sea.

El gusanillo de llevar una moto nace en el momento más imprevisto. En mi caso, surgió con una simple pregunta interna, cuando Alberto conducía por una carretera maravillosa: “¿Qué se debe sentir conduciendo una moto?“. Y ya estaba infectada de por vida. Si es realmente impresionante ir de paquetito, imaginad cómo sería estar en primera línea, sintiendo el motor entre tus piernas. Muchos de vosotros ya conozcáis esa sensación, pero ¿y los que no?.

Tomo la decisión de conducir una moto y no sé por dónde empezar. Tengo la opción de comprarme una 125cc o de sacarme el carnet. En ambos casos se necesita lo más importante: dinero. Y con una previsión de dar la vuelta al mundo, no me lo puedo permitir. Pero la infección sigue ahí, creciendo dentro de mí, alimentándose cada vez que veo a alguien con su moto y esa extraña conexión que se crea. Intento buscar por Internet algún tipo de información sobre las inseguridades antes de hacerme con una moto. No encuentro absolutamente nada. Algo curioso porque creo sinceramente, que todos antes de comprar nuestra primera pequeñaja, estamos más o menos inseguros. Personalmente lo veo sumamente difícil. ¡¿Mantenerse en equilibrio con eso?! No puede ser posible. Y entonces se crea el dilema interno de: cómprate una moto VS no podrás llevarla. Un sentimiento más extendido entre mujeres que hombres. Nosotras luchamos contra la idea preconcebida de que las motos son para hombres y debemos limitarnos a ir detrás. Pues no. Cada vez hay más mujeres que se hacen con su pequeñaja y no la dejan jamás. Pero claro, hay que empezar.

Noemí intentando conducir
Intentando conducir una BMW F 800 GS… Imposible. Pongo primera y casi me estampo. ¡No me llegan los pies al suelo ¿vale?!

¿Qué se siente antes de comprar tu primera moto? Una mezcla de sensaciones de lo más raras. Ves la moto diez veces más grande de lo que en realidad es, no entiendes cómo funcionan los cambios ni el manillar, no sabes qué hacer en situaciones complicadas como la lluvia o el tráfico, y básicamente te sientes el primerizo más inútil de todos los tiempos. Consolaría pensar que hay gente que ha pasado por eso, pero cuando preguntas a moteros experimentados todos te dicen lo mismo: ¡Pero si es muy fácil!. Y una p***

En esa situación me encuentro actualmente, intentando cambiar mis pensamientos impuestos por la sociedad en general, luchar contra mis inseguridades y tomar una decisión. ¿Ser o no ser motera? Porque no sólo se trata de comprar una moto y ya está. Se trata de disfrutar, de sentir el viento en tu pecho, la carretera en tus pies y estar un poquito más cerca de aquel sueño que todos tenemos de pequeño: intentar, algún día, volar.

Y vosotros, ¿habéis tenido inseguridades al compraros vuestra primera moto? ¿Qué anécdotas recordáis? ¡Dejadnos un comentario con vuestra experiencia! Estaremos encantados de leerlos.

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